Libritos de lomo

El Día del Libro, inventado en los años 20 del siglo pasado por el editor valenciano establecido en Barcelona Vicent Clavel, ha procurado, desde sus orígenes, el malestar de los escritores celosos de su trabajo, y los ha situado en el dilema de apreciarlo por lo que tiene de eficaz en la promoción económica del sector y rechazarlo por lo que tiene de antiliterario y folclórico. En 1934, el poeta J.V. Foix clamaba contra el Día del Libro en las páginas de La Publicitat, y Josep Maria de Sagarra se hacía eco de sus palabras en el semanario Mirador. Les molestaba, sobre todo, que las personas que no tenían ningún interés en leer se agolparan ante los puestos callejeros y las puertas de las librerías para cumplir con un deber festivo y obtener un diez por ciento de descuento con la misma satisfacción con la que compraban el rosco de Reyes.

    Esa polèmica estallaba cuando, en Cataluña, el Día del libro ya era, desde hacía cuatro años, la Diada de Sant Jordi; en el resto de España se conmemoraba que Shakespeare y Cervantes habían muerto, los dos, un 23 de abril. Antes, en 1926, el rey Alfonso XIII, atendiendo la iniciativa de Clavel, había instituido la fiesta el 7 de octubre, incierta fecha del nacimiento de Cervantes. En aquel periodo, Sagarra ya celebraba, con ironía, el espectáculo circense de la Diada. De la del 29, dijo que en la entrada de algunas librerías habían puesto como reclamo un tigre disecado o tres loros vivos, y que otros «han usado como atracción al propio autor». En un futuro ―augura― «es posible que se llegue a producir el espectáculo de los autores atados con cadenas, vestidos de saltimbanquis, o bien encerrados en una jaula sin más que un slip y unas pinzas en los dedos que servirán para arrancarse la piel los unos a los otros».

    A diferencia de Shakespeare y Cervantes, Foix y Sagarra no eran catalanes. El orgullo patriótico no puede sino ver en la Diada de Sant Jordi la encarnación del talante cívico, cultural, progresista, pacífico y democrático de un pueblo unido y maduro. Que nos regalemos libros, demuestra que somos amantes de la cultura; que nos regalemos rosas, resalta nuestro carácter pacífico y amoroso. Ahora bien, San Jorge fue un granjero de Capadocia del siglo IV d.C. que se hizo rico vendiendo cerdos al ejército romano y que, siendo más tarde nombrado obispo por el emperador Constancio, acabó linchado por las multitudes por su cruel despotismo. Lo dice Edward Gibbon y no seré yo quien le lleve la contraria. Con una producción tan excelente de longanizas y butifarras, los catalanes nos merecemos ese patrón, y para ser coherentes del todo, en lugar de regalarnos libros, deberíamos regalarnos libritos de lomo.

(Publicado en Quadern de El País, 23-07-20)

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Renuncia

En El comienzo del infinito (El Viejo Topo, 2012), interesantísimo ensayo de David Deutsch sobre la naturaleza de las cosas y la condición del hombre que descubro por recomendación de Arcadi Espada, se describen las diferencias entre la imitación animal y la humana. Los loros poseen un sistema de origen genético que les permite reproducir sonidos, palabras y frases con una exacta reproducción del tono, la forma, el timbre de voz, sin necesidad de comprender su significado. Los simios pueden imitar secuencias de gestos complejos destinados a una función concreta, como partir una nuez con una piedra. A diferencia de la imitación sonora de los loros, entienden el sentido de ese procedimiento pero no pueden introducir en él variaciones significativas porque no son capaces de deducir el propósito de una acción desconocida. El ser humano, en cambio, puede explicar el discurso de un congénere utilizando recursos verbales diferentes a los del modelo imitado, pues lo que capta es la lógica de lo que se expone, el propósito del discurso. La distinción de Deutsch no admite discusión: somos la única especie plenamente dotada de creatividad, y eso es lo que nos ha permitido dominar la naturaleza y comprender el mundo.

      Ahora bien, el ser humano puede desaprovechar el potencial infinito de su capacidad cognitiva hasta limitarla, en la práctica, a funciones no mucho más elevadas que las de una cotorra, hasta no constituir nada más que una imitación de clichés verbales, con ausencia absoluta de un pensamiento articulado, y esa renuncia, conocida y analizada desde la antigüedad clásica, es lo que explica la tendencia de los tiempos que estamos viviendo —amplificada hasta extremos colosales por la difusión inmediata que proporciona la tecnología— a sustituir el razonamiento por la repetición ad nauseam de eslóganes y consignas, sin más sustancia que la del entusiasmo o la ira. Podemos observar el fenómeno en las redes sociales y las manifestaciones multitudinarias, y lo hemos visto desplegarse con toda su potencia en los carnavales del 8 de marzo.

      Algunos autores han definido justamente la estupidez como la renuncia a las propias capacidades intelectivas, que es algo radicalmente opuesto a la debilidad mental o la deficiencia cognitiva. Un perro, un elefante o un babuino hacen todo lo que les permite su condición. La estupidez es, en definitiva, una disfunción de la inteligencia humana, y es en virtud de esa disfunción que poco a poco vamos instituyendo en nuestra sociedad lo que con tanta vehemencia se ha venido reclamando desde el 15-M y que algunos llaman alegremente democracia participativa.

(Publicado en Quadern de El País, 19-03-20)

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El programa

Ada Colau manifestó, hará cosa de un año, que estaba orgullosa de ser la primera alcaldesa bisexual de Barcelona, como si esa condición pudiera ser motivo de orgullo en una sociedad que garantiza el derecho de las personas a negociar libremente sus tendencias sexuales, y en la que las ideas que se dejan caer como una lluvia fina sobre la opinión pública más bien parecen destinadas a abolir la heterosexualidad. No hace mucho, la nueva directora del Instituto de la Mujer, Beatriz Gimeno, hizo esta declaración de intenciones: “La heterosexualidad no es la manera natural de vivir la sexualidad, sino una herramienta política y social con una función muy concreta que las feministas denunciamos hace décadas: subordinar las mujeres a los hombres”. Mientras tanto, en las universidades se impide la palabra a las voces discrepantes —como ocurrió recientemente en la Universidad Pompeu Fabra con el profesor Pablo de Lora— y se celebran coloquios donde se puede oír que el deseo heterosexual de las mujeres es una construcción social impuesta por el sujeto deseante, que no es otro que el hombre provisto de pene y a quien, en el momento de nacer, se le asignó el sexo masculino. Siendo, pues, esa la doctrina que se imparte una y otra vez con pretensiones científicas —la piel de cordero de la ideología de género es un tortuoso pseudoacademicismo—, la salvación de las mujeres ha de llegar forzosamente por la vía de integrarlas a todas en el colectivo LGTBIQ.

      En Sexual Personae, el clásico ensayo de Camille Paglia —publicado en 1990 y reeditado este año por Deusto en una excelente versión castellana de Pilar Vázquez—, se habla del uso desvirtuado de la androginia, una de las manifestaciones de la compleja sexualidad humana, por parte de un feminismo corrompido por la ideología de género: “Las feministas la han politizado convirtiéndola en un arma contra el principio masculino. Redefinida, en la actualidad quiere decir que los hombres tienen que ser como las mujeres, y las mujeres como les dé la gana”.

      Esas palabras tienen un alcance mucho más amplio de lo que podría hacer pensar la ausencia de contexto, pero si las destaco es porque atestiguan que la destrucción de la masculinidad no es un objetivo reciente. Paglia se ha pasado la vida estudiando los fundamentos biológicos y antropológicos de la diferenciación sexual. Sus reflexiones, impulsadas por un conocimiento profundo de la historia de Occidente, son demasiado complejas para que puedan llegar a la opinión pública con la facilidad con la que llegan a ella las consignas del activismo radical, pero causa verdadera extrañeza que un programa tan maníaco como el que se nos quiere imponer se eleve cada vez a mayor altura en lugar de caer por su propio peso.

(Publicado en Quadern de El País, 20-02-20)

 

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A favor del feminismo

Los movimientos feministas han mostrado a menudo una tendencia irrefrenable a intervenir en la vida privada. Las primeras sufragistas norteamericanas del siglo XIX luchaban por el derecho de las mujeres con el mismo ímpetu moral con que abogaban por la prohibición del alcohol. La pornografía y la prostitución, en coherencia con sus principios tradicionalistas —muchas de ellas provenían de las comunidades religiosas cristianas—, no eran tampoco prácticas que, como las feministas radicales de hoy, estuvieran dispuestas a tolerar. Un siglo más tarde, algunos sectores del feminismo de izquierdas empezaron a reaccionar contra la revolución sexual de los sesenta y a denunciar, con los mismos ojos de escándalo de sus precursoras tradicionalistas, la pretensión de las mujeres más valientes de aquellos años de desafiar, con la desinhibida exhibición de sus cuerpos el orden social establecido. Estas últimas eran las auténticas feministas, las que luchaban por la liberación total de la mujer —la doméstica, la profesional y la sexual—, y no por su sumisión al victimismo, el proteccionismo y el puritanismo.

     Pero hay mucho más. A partir de la década de los setenta, los llamados estudios de género fueron absorbiendo las mentes académicas para infestar después la política y constituirse por fin en la ideología dominante del siglo XXI. Abrevándose en las abstrusas elucubraciones del postestructuralismo, esa ideología propugna la inexistencia del determinismo sexual —«el género es una construcción social»— y se propone institucionalizar tal principio como fundamento supremo de la igualdad. En los tiempos demenciales que ahora se nos imponen, la ideología de género ha injertado los frutos mustios de las últimas olas de feminismo, pero el conflicto tenía que estallar tarde o temprano: si todo el mundo puede decidir su género sexual, la mujer, y por consiguiente el feminismo, pierde toda razón de ser. En Estados Unidos, las feministas conservadoras y las feministas radicales progresistas, que hasta hace poco eran enemigas irreconciliables, se han unido para evitar que prospere el proyecto de ley conocido como Equality Act, que, entre otras decisiones progresistas, quiere reconocer el sexo que cada ciudadano, por simple declaración, decida que es el suyo propio, y consagrar el derecho de los padres a hormonar y operar a sus hijos menores. En España, el Partido Feminista ha reaccionado igualmente contra el proyecto de ley, imitado del norteamericano, que Unidas Podemos quiere presentar en el Congreso. Es el momento de estar al lado del feminismo. Después, si sobrevivimos, ya nos desembarazaremos del puritanismo, la paridad y el lenguaje inclusivo. Pero no quiero pecar de optimista.

(Publicado en Quadern de El País, 23-01-20)

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La extensión demente

Como todos los jóvenes comprometidos con la revuelta del 68, el futuro filósofo Alain Finkielkraut creía que el comunismo había hecho realidad la plena emancipación del hombre, pero no tardó en descubrir que lo que reinaba en la Unión Soviética y en la Europa del Este era lo que testimoniaban, en medio del repudio voraz de la izquierda occidental, grandes disidentes como Solzhenitsyn y Kolakowski: la peor tiranía a la que puede verse sometido el ser humano.

        Finkielkraut es ahora el objeto de repudio de la amarillenta izquierda francesa. Autor de importantes ensayos sobre la renuncia progresiva de Europa a su tradición cultural y a su presente liberal, ha hecho sonar cada vez más fuerte la alarma de los antifascistas. Su amiga Elizabeth de Fontenay le aconseja en una carta (Finkielkraut-De Fontenay, Campo de minas, Alianza) que, por prudencia, evite coincidir con el discurso de la extrema derecha. Finkielkraut le responde con unas palabras de Albert Camus: “No se decide sobre la verdad de un pensamiento según ese pensamiento esté en la izquierda o en la derecha, y menos aún según lo que deciden hacer con él la derecha y la izquierda”. Con su reproche disfrazado de consejo, De Fontenay toca el nervio del actual estado de cosas. Ahora, como en otros momentos confusos del pasado, la acusación de coincidencia con la ultraderecha es el anatema que impide toda posibilidad de debatir los postulados que la nueva izquierda ya ha conseguido convertir en la nueva moral.

        Defensor del Estado de Israel —no de las ocupaciones de Cisjordania—, alarmado por la creciente islamización de Europa y el poder arbitrario de la ideología de género, Finkielkraut es cada vez más un perseguido: el pasado febrero sufrió en plena calle el ataque de los chalecos amarillos, y hace pocos días, en una tertulia televisiva, se le acusó de hacer apología de la violación. Considerando que solo podía responder al absurdo con el absurdo, invitó a todos los hombres a “esa práctica exquisita” y añadió que él violaba todos los días a su mujer. En una sociedad iletrada como la presente, esa antífrasis le ha costado por el momento una denuncia de los comunistas ante el fiscal general de la República; otra del Partido Socialista ante el Conseil Supérieur de l’Audiovisuel, y una enérgica condena de la portavoz del gobierno. En una entrevista recienteFinkielkraut describe la actitud de sus atacantes como “la extensión demente de los dominios del racismo, la islamofobia, la homofobia y el sexismo”. No es un asunto meramente francés: Europa debe decidir con urgencia si Finkielkraut es de extrema derecha o si la demencia se está apoderando otra vez del continente.

(Publicado en Quadern de El País, 12-12-19)

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La rabia

Hay ciertos padres —yo tuve ocasión de conversar con uno de ellos— orgullosos de que sus hijos participen en los disturbios, extremadamente violentos, que nos regalan estos tiempos de fanatismo desbocado. Les exalta la inconsciencia moral con que toman conciencia política; la nobleza humana —solo comparable a las luchas por la igualdad racial y los derechos fundamentales—, y el conocimiento infuso de la verdad que habita en los corazones que bombean sangre nueva. Les exalta el mimetismo colérico de sus hijos. “Se fueron cargando de rabia…” —dice mi interlocutor—. Es el mismo argumento que se usa para explicarse los combates de la banlieue de París, los asaltos furiosos a los campus de las universidades norteamericanas o las salvajes revueltas de Santiago de Chile: por encima de cualquier otra consideración, per el solo hecho de salir a la calle con la perentoria necesidad de satisfacer la rabia, los asaltantes se constituyen en víctimas, y, en consecuencia, toda forma de violencia que puedan ejercer no debe ser considerada más que autodefensa.

A propósito del victimismo, leo en Memoria o caos, un nuevo ensayo de Valentí Puig, escrito a contrapelo de la vulgaridad moral de nuestros días, que esa aspiración “es un obstáculo para la consolidación de las sociedades abiertas”. Lo es porque, como ideología —Valentí Puig también constata que el victimismo es la ideología del ego—, no posee otro argumento que el agravio, la supeditación de los intereses sociales a los impulsos emocionales de los individuos adscritos a las diversas sectas; y porque el agravio, por su naturaleza imaginaria, es permanentemente irreparable y solo puede generar una sociedad cada vez más enloquecida por conflictos absurdos. Los proyectos identitarios, desde los nacionalismos hasta la ideología de género, no pueden lograr una situación de reposo sin contradecir su propia naturaleza, que les condena a padecer eternamente la mortificación de la rabia.

Si al victimismo le añadimos la desconexión del pasado, que solo quiere verse, en estado mítico, como una fuente de rabia para atacar el presente; el desprecio de la tradición cultural, la falta de agradecimiento por los beneficios de vivir en una sociedad regida por la ley y el orden, convendremos en que la vulgaridad moral puede acabar destruyendo como una plaga de termitas los fundamentos que nos constituyen. Lo pronosticó Ortega en La rebelión de las masas y, noventa años más tarde, lo corrobora Valentí Puig en Memoria o caos: “La idea de un continuum de civilización europea sobrevivió a los totalitarismos pero decae ante la convulsión de las costumbres”.

(Publicado en Quadern de El País, 14-11-2019)

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La marquesa y los otros

La marquesa de Citri, un personaje de carácter atrabiliario que aparece brevemente en las páginas de Sodoma y Gomorra, el libro cuarto de En busca del tiempo perdido, sufre el desasosiego de observar en las otras personas presuntos defectos que ella encuentra insoportables y que no puede dejar de señalar con vehemencia. Esa obsesión, lejos de estar motivada por defectos objetivos y concretos, parece más bien responder en todos los casos a las absurdas percepciones de su imaginación neurótica. Todos hemos conocido personas afectadas por este mal del espíritu, y puede que algunos de nosotros lo hayamos padecido en ocasiones de un modo más benigno que el que describe Proust a propósito de la marquesa, a quien todo le provoca irritación: desde el estilo de vida de sus conocidos hasta la música de Beethoven. Por un motivo u otro, todo el mundo le parece estúpido y ese es probablemente el signo más claro de la mayor estupidez. “Un hombre de gran talento —escribe el narrador de la Recherche— prestará por lo común menos atención que un necio a la necedad del prójimo”.

      Ahora bien, uno de los hombres de más talento de las letras francesas, Gustave Flaubert, dedicó una buena parte de su vida a explorar y cartografiar sin contradicción los inalcanzables caminos de la estupidez humana, y el mismo Proust, que admiraba profundamente al autor de La educación sentimental, no renunció tampoco a un tema que ha constituido desde el renacimiento uno de los grandes centros de interés de la literatura. Pero se trata de una clase de estupidez muy distinta de la que obsesiona a la marquesa de Citri. Mientras esta última, fantasmagórica y banal, es proyectada por un carácter neurótico y, cuando es auténtica, afecta solo a las costumbres y las inclinaciones particulares, la otra, la que impresionaba a Flaubert por su afán de mortificación, ha constituido a lo largo de los siglos la fuerza más temible de la experiencia humana. Y así como distinguimos el crimen organizado de los actos viles engendrados por la pasión de un individuo, así también debemos distinguir la estupidez organizada, que es ahora el signo de nuestro tiempo, de la inocua necedad de todos los días. Construida socialmente con absurdas consignas ideológicas que los medios del siglo XXI inoculan con eficacia en los espíritus más inclinados al mimetismo, la estupidez organizada ya ha empezado a tomar posesión de cátedras y tribunas que el conocimiento y la prudencia habían edificado con una paciencia de siglos para proteger a los hombres de la furia incesante de los prejuicios. Antes solo quería conquistar el poder, ahora también quiere suplantar el saber.

(Publicado en Quadern de El País, 17-10-2019)

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Importancia de la locura

En un artículo publicado en The Guardian el pasado 30 de julio, el escritor Philip Hoare presentaba Moby Dick como una precursora de las ideas del siglo XXI: la dignificación de los animales, la preocupación por el medio ambiente, la reivindicación del matrimonio homosexual, la defensa de la multiculturalidad, la denuncia del imperialismo. Describiendo la belleza de los cetáceos, Herman Melville se adelantó —dice Hoare— a nuestra visión de esos animales, “los cuales sabemos que son extremamente sensibles y absolutamente matriarcales, y que expresan su cultura a través de los sonidos que reverberan”. Ishmael, el narrador de Moby Dick que describe la belleza de los cetáceos, es un ballenero de tropa que, a medida que avanza la novela, se va revelando más inteligente, más culto y más sensible de lo que podríamos suponer en un hombre de su condición. No puede dejar de admirar las formas y las evoluciones de esos extraordinarios mamíferos, tanto como no puede dejar de entusiasmarse con la aventura de cazarlos, despedazarlos, y extraer de ellos las preciosas sustancias que contienen. No sé si Moby Dick conecta tan bien como quisiera Hoare con las ideas del siglo XXI, pero podemos estar seguros de que el anacronismo moral —absurdo en el que Melville no habría podido incurrir jamás— es parte sustancial de las ideas del siglo XXI; y la obsesión por cultivarlo, una neurosis no muy distinta de la de quien persigue sin tregua una gran ballena blanca.

        Moby Dick ocupa una posición central en la tradición literaria de Occidente; se distinguen en ella los tonos líricos y los juegos verbales de las comedias de Shakespeare, y también se encuentra el sentido faulkneriano del lenguaje simbólico, y la aún más faulkneriana manera de entender la insondable obsesión neurótica del hombre como el cumplimiento de un destino trágico. En esa tradición lo que se narra primordialmente son los misterios del carácter, una oscura caverna que a veces puede iluminarse con extrañas metáforas. La prosa de Melville, en sus momentos menos reposados, es intensamente poética, y de lo que trata su novela por encima de todo es de la locura, que es un atributo permanente del ser humano y no una de las ideas volátiles de los siglos. Ahab, el capitán del ballenero Pequod, es consciente de haberlo sacrificado todo a una idea sin sentido: la persecución por todos los mares del mundo del cachalote que, en el anterior encuentro que tuvo con él, le seccionó una pierna y le obligó a sostenerse de por vida sobre un hueso de cetáceo; puede razonar el estado enfermizo de su carácter y no dejar de entregarse a él con toda su voluntad. Kurtz, el monstruo que creó Conrad en El corazón de las tinieblas, también puede razonar su perversidad. Puede parecer una paradoja, pero la peor locura no es incompatible con el razonamiento. Con todo, para el narrador de Moby Dick, hay un misterio aún mayor que el del loco: el de los fanáticos que se ponen a seguirlo con plena devoción.

(Publicado en Quadern de El País, 19-09-19)

 

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Automatismo moral

En los años noventa, en los tiempos en que ETA aún mataba con una cierta regularidad, tuve noticia de algunos trabajos académicos ocupados en demostrar —mediante el instrumento de detección y denuncia de marcas ideológicas conocido como Análisis del Discurso— que determinados medios de comunicación inducían, con su lenguaje (“banda terrorista”, “organización criminal”, “asesinos”), a una visión partidista del conflicto vasco. La moraleja del caso la expone a la perfección una viñeta de Gila, publicada en la revista Hermano Lobo en 1973, en la que se ve a un hombre que apuñala salvajemente a otro hombre. Mientras, un tercero que lo observa con cara de circunstancias pide al agresor que no le dé más puñaladas a la víctima, y el agresor responde: “Pues que deje de llamarme asesino”.

            En Cataluña, la propensión a comprender el terrorismo, o a considerarlo por lo menos un síntoma inconveniente o lamentable de un conflicto legítimo, siempre tuvo cabida en las filas del nacionalismo y de algunos sectores de la izquierda, y no parece que haya sido nunca una actitud marginal. En un mitin del Once de Septiembre de 2002, el sacerdote Lluís Maria Xirinacs se proclamó “amigo de ETA”. Dos años más tarde, la Universitat Catalana d’Estiu lo distinguió con el premio Canigó y, en el discurso de aceptación, se declaró inequívocamente partidario de la lucha armada. El hecho no causó ni el escándalo ni el repudio que semejante declaración habría suscitado en una sociedad moralmente equilibrada. Pocos años antes, en ocasión del asesinato en Barcelona del dirigente del PSC Ernest Lluch, la equidistancia se puso de largo. No recordaré aquí las circunstancias en las que Gemma Nierga hizo una llamada al diálogo —diálogo simétrico entre los asesinos y las instituciones democráticas—, pero sí el entusiasmo con el que esa llamada fue acogida por los moderados desde sus columnas de prensa y sus tertulias radiofónicas. De repente, la palabra “diálogo” se convirtió en una exigencia moral que cargaba la responsabilidad del terrorismo en la actitud intransigente de los gobernantes españoles. Vino después la amistad institucional del nacionalismo catalán con Arnaldo Otegi; la ubicua presencia en las formaciones independentistas del asesino Carles Sastre; la participación de miembros de ERC, Podemos y la CUP —los mismos que luchan ardidamente contra el franquismo— en actos de apoyo o de bienvenida a los presos etarras; o, pocas semanas atrás, la recepción con honores, en el barrio de Gracia, de Marina Bernadó, condenada por colaboración con el comando Barcelona, el de Hipercor. Todos esos exigen que dejemos de llamar asesinos a los asesinos. Dice Ernst Jünger en Sobre la línea que, en una sociedad libre, no es tan preocupante que haya criminales de oficio como que las personas que uno ve en cada esquina o detrás de una ventana vayan entrando en el automatismo moral.

(Publicado en Quadern de El País, 27-06-19)

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Dentro de la literatura

El más sustancial de los principios literarios que fundamentan las grandes obras narrativas del siglo XX es la voluntad de apartar al autor de los hechos y las circunstancias que presenta; de dar toda la autonomía posible al artificio verbal que ha de crear en el lector la ilusión de contemplar por sí mismo un mundo que no le es explicado sino mostrado con todas sus complicaciones. La exigente persecución de ese ideal poético, construido con la descripción profunda de los espacios, los caracteres y las fluctuaciones mentales de los personajes, es lo que da a la obra de Faulkner —de quien el escritor y crítico literario Ponç Puigdevall admiraba hace unos días en El País “los estallidos visionarios y las percepciones misteriosas de una prosa sinuosa y profundamente lírica”— su gran poder de atracción, y también es lo que hace que la obra del narrador uruguayo Juan Carlos Onetti, creador de un universo literario regido por leyes físicas parecidas a las de Faulkner, deba considerarse una de las más trascendentes de la literatura latinoamericana.

        En los cuentos y las novelas de Onetti, como en los de Faulkner y otros que exploraron caminos semejantes, el extrañamiento del mundo, el movimiento en virtud del cual las cosas que ocurren en la ficción no son referidas por el autor según una relación lineal de causa y efecto, sino más bien impulsadas a la manera de un demiurgo que, después de crear el mundo, se desentiende de lo que pueda suceder en él, afecta a todos los resortes que articulan el relato. Actúa, en primer término, en la descripción, que hace presentes los objetos como quien, contemplando aisladamente los rasgos de un rostro familiar, se esfuerza por verlo como el de un desconocido; actúa en las divisiones y las fragmentaciones del punto de vista: el que narra puede no saber exactamente de qué está hablando, mentir a conciencia, engañarse a sí mismo o perderse en digresiones inútiles para la coherencia argumental; actúa en la percepción del tiempo: el pasado es presente, y el futuro inevitable —el destino— gobierna los designios de las mentes que se dispersan en las fantasías del odio, la culpa, el deseo, el temor.

        En la obra póstuma de Ricardo Piglia Teoría de la prosa (Eterna Cadencia, 2019), pueden verse expuestos los misterios de esa forma de narrar, irresolubles en tanto que, por su propia condición literaria de misterios, no pueden ser reducidos a un sentido externo, pero perfectamente explicables en su función narrativa. El libro transcribe las sesiones de un seminario que Piglia impartió en 1995 en la Universidad de Buenos Aires, dedicado a estudiar, una por una, las novelas cortas de Onetti, y no hay que desaprovechar la ocasión de leer esos extraordinarios relatos acompañados de las valiosas observaciones de Piglia sobre la poética del extrañamiento, la naturaleza de la narración o la banalidad de la crítica interpretativa. “Si tuviéramos que imaginar un relato en el que todo quedara claro, estaríamos fuera de la literatura”, dice. Y así es.

(Publicado en Quadern de El país, 30-05-19)

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