Superioridades

En una conferencia titulada «Pensamiento y poesía» (incluida en Arte poética), Jorge Luis Borges cita una frase de Walter Pater según la cual todas las artes aspiran a la condición de la música. Glosando las palabras de Pater, Borges observa que, en la música, no hay ninguna posibilidad de separar la forma del contenido, y que esa es sin duda una aspiración de la poesía. En la poética moderna, todas las artes persiguen la unidad que el lenguaje musical posee por naturaleza: Mallarmé no quiere dar a sus poemas más sentido que el que se obtiene de la música; Kandinsky explica los fundamentos de la pintura abstracta valiéndose de la música, y los mismos compositores no tardarán en huir de la mímesis emocional del Romanticismo, depurando con la atonalidad la tendencia de la música a no decir nada que no se refiera a la propia composición. El efecto que causa una suite de Bach, una sinfonía de Brahms o una pieza de Schönberg no es muy distinto del que causan el ritmo de unas frases, la extrañeza de una metáfora o la contemplación de un cuadro. En un poema o una pintura hay además otras cosas relacionadas con la experiencia concreta del mundo, pero es el impacto estético lo que revela esas cosas, a veces banalidades sin otro sentido que la forma en que son reveladas. George Steiner también dice en Errata, por las mismas razones, que la música es el arte supremo, pero no todo el mundo es de la misma opinión.

        Oscar Tusquets, que mantuvo durante años una estrecha relación con Salvador Dalí, declara en una entrevista reciente de Miranda Solana, publicada en la revista digital La Puñalada, que el pintor consideraba la música como la más baja de las artes porque se percibe con las vísceras y, cuando lo decía ―añade Tusquets―, se tocaba la barriga. Dalí siempre tuvo esa idea. En Confesiones inconfesables, cuenta que una vez, en la escuela, se fijó en un niño de aspecto enfermizo que llevaba un violín y, aprovechando el momento en el que el niño se agacha para atarse los cordones de los zapatos y se ve obligado a dejar el violín en el suelo, le administra un puntapié en el culo y, de un talonazo, aplasta el instrumento. No puedo entretenerme en los detalles de ese relato fantástico, pero el caso es que el acto del pequeño Salvador provocó un contrataque furioso del agredido, y cuando un profesor que pasaba por allí se acerca alarmado a preguntar qué ocurre, Dalí se justifica diciendo que le había chafado el violín para demostrar la superioridad de la pintura sobre la música. Si en lugar de ese niño de salud delicada sus antagonistas hubiesen sido Pater, Borges y Steiner, tal vez habría claudicado. Tres contra uno ya podrán, hubiese dicho.

(Publicado en Quadern de El País, 07-01-2021)

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