Jorobas postizas

Las ideas públicas y las convenciones sentimentales que llamaban la atención sarcástica de Santiago Rusiñol, en un tiempo en el que la neurosis positivista y el delirio posromántico plantaban las raíces del nuestro, se han multiplicado, se han extendido, se han enredado y se han espesado hasta hacer cada vez más difícil que por ellas se filtre la luz del día. La razón la ofrece él mismo en Máximas y malos pensamientos: «El absolutismo es la tontería concentrada. Y el liberalismo, la tontería diseminada». Que el liberalismo nos procure la única manera tolerable de pasar por esta vida, no niega la sentencia de Rusiñol, la cual no hace sino indicar el precio que pagamos generosamente por la convivencia en libertad. Ahora bien, la tontería diseminada puede amenazar de extinción al liberalismo que la disemina en el momento en que se concentre y pase a ser absoluta. Ese ha sido, desde los orígenes, el punto débil de la democracia, siempre expuesta al afán devorador de la opinión pública, y, en la sociedad de la comunicación, esa debilidad va disolviendo poco a poco los fundamentos de un edificio que la filosofía y el derecho parecían haber hecho lo bastante sólidos como para resistir el desgaste. De todo lo que contribuye a la erosión, no hay materiales más corrosivos que los que se fabrican con la identidad y la igualdad. Sobre la igualdad, entendida como igualación, Rusiñol ha resultado profético: «El día que hubiese igualdad, nos pondríamos jorobas postizas».

            A pesar de las cosas que dice de las mujeres —no mucho peores que las que dice de los hombres—, Don Santiago no era exactamente misógino ni tal vez tampoco misántropo; más bien se sentía fascinado, a la manera flaubertiana, por el espectáculo ordinario de la copia y la repetición. Los vegetarianos, las feministas, los sabios domésticos, los bebedores y los abstemios, la presunción, tanto como la humildad («La variedad de las pretensiones no tiene fin. Incluso hay quien tiene la pretensión de no tener ninguna») eran para él fenómenos del máximo interés. Y nada le dejaba tan impresionado como las manías y las aspiraciones de los burgueses y los menestrales catalanes. En la comedia Los juegos florales de Canprosa, estrenada en 1903, muestra las rancias esencias de un fervor nacional que en nuestros días ha alcanzado el paroxismo. Se le acusó de antipatriota y se le dirigieron todas las rabias de la tribu, exactamente igual como les pasó a Els Joglars, ochenta años más tarde, con el estreno de Operación Ubú. Es de agradecer, ahora que el más obsceno de los catalanismos posibles quiere igualar a todo el mundo por la joroba, que Els Joglars hayan vuelto a Barcelona habiéndose encomendado a Rusiñol con la sabia invocación de Ramon Fontserè, que es en estos momentos el hombre que más se le parece.

(Publicado en Quadern de El País, 13-06-20219

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Los problemas relacionados con las mujeres

En el barómetro del CIS del mes de marzo de este año, en el apartado en que se pregunta cuáles son los problemas que más preocupan a los ciudadanos, lo que se formula como “problemas relacionados con las mujeres” ocupa el último lugar, el 54, con un resultado del 0,0 por ciento. La “violencia de género” llega a un porcentaje un poco más alto y se sitúa en el puesto número 42. El contraste de estos datos con el estado de opinión mediático que poco a poco ha ido forjando la ideología de género no puede ser más chocante. Puede alegarse que, en tiempos de pandemia, la salud y la economía concentran forzosamente las inquietudes de las personas. Sí, pero en el barómetro de marzo de 2018, justo dos años antes del estado de alarma, los “problemas relacionados con las mujeres”, solo preocupaban a un 1 por ciento de los encuestados y la violencia de género, un 2,1. Si la sociedad fuera realmente una selva para las mujeres y la violencia machista fuese estructural, como pretende el neofeminismo, el fenómeno debería ocupar por fuerza el primer lugar en el ranking del barómetro. Ya lo observó en 2019 Javier de la Puerta en Refutación del feminismo radical, un libro que desmiente con rigor la mayor parte de las afirmaciones que oficialmente se dan por buenas: lo que no preocupa prácticamente a nadie es, hasta la náusea, el principal motivo de preocupación del discurso político, la producción cultural y la actividad académica. En esta última, la fiebre llega ahora a su punto álgido.

    Desde hace un tiempo, las universidades europeas empezaron a adoptar, a imitación de las americanas, lo que, con ligeras variantes, suelen llamar “protocolo contra el acoso sexual, por razón de sexo, orientación sexual, identidad de género o expresión de género”. Leyendo las disposiciones de esos documentos normativos con los que ahora también se están equipando las universidades españolas, cualquiera diría que nuestras facultades están infestadas de abusadores y violadores en potencia, pero solo un tanto por ciento reducidísimo de ciudadanos parece tener noticia de ello. En Estados Unidos y Canadá, la sofisticación progresiva de los protocolos, que los burócratas académicos aplican con celo de policía política, ha costado el puesto de trabajo a más de un profesor por ofensas de género tales como referirse a un alumno con pronombres que no se corresponden con su identidad sexual, una de las sesenta que se reconocen.Ya no se trata solo de los “problemas relacionados con las mujeres”: los géneros son cada vez más y más competitivos y los protocolos los carga el diablo.

(Publicado en Quadern de El País, 13-05-2021)

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La tara de nuestro tiempo

En los años setenta, cuando yo iba a la universidad, era frecuente que algunos estudiantes argumentaran a favor del asesinato político con ese automatismo moral tan conforme a la psicología de los jóvenes revolucionarios. Después, durante los años en que ETA no paraba de asesinar, no faltó quien se preguntaba, cuando la víctima no era policía ni militante del PP, cómo era posible que hubiesen matado precisamente a aquella persona; ni tampoco quien se mantenía en la feliz bobería de los equidistantes («ETA-Aznar, dialogad», rezaban las pancartas de los manifestantes), actitud que necesariamente admite la posibilidad, y, por ende, la legitimidad, del asesinato político.

        Ahora, la reciente aparición en castellano de los artículos que Albert Camus publicó en Combat (La noche de la verdad, Debate), con un prólogo muy certero de Manuel Arias Maldonado y en impecable traducción de María Teresa Gallego Urrutia, me trae a la memoria esos malos recuerdos. Cuando el enemigo de todos era la Alemania nazi, Camus tuvo, él también, una cierta posición equidistante entre las injusticias del capitalismo y las monstruosidades del comunismo, pero con el tiempo se fue dando cuenta de qué era esencial en la lucha por la dignidad humana y, en el conjunto de artículos que reunió en 1946 con el epígrafe «Ni víctimas ni verdugos», ya se encuentra en una posición de defensa de una democracia socioliberal de alcance internacional y de condena sin paliativos del asesinato político y sus pulcros justificadores intelectuales. Estos ―dice Camus― son incapaces de imaginar la muerte de los otros y califica de «tara de nuestro tiempo» ―un tiempo en que «se ama por teléfono»― ese alejamiento, material y moral, de la realidad. Hoy, que se odia, más que se ama, por el teclado de un teléfono móvil conectado a todas las redes sociales, la incomprensión de los hechos concretos es aún más profunda y servil, y con ella vuelve a banalizarse el crimen. Así, Pablo Iglesias ha podido hacer tuits de homenaje al Che Guevara; el Partido Comunista ―integrado en la coalición Unidas Podemos― puede reivindicar la figura de Stalin; los herederos de ETA se pueden considerar hombres de paz, y un presentador de la televisión pública catalana puede decir tranquilamente por los micrófonos de Catalunya Ràdio que se necesitan catalanes dispuestos a morir. Se le entiende: el que está dispuesto a morir por una causa, todavía está más dispuesto a matar por una causa. No voy a pedir que toda esa gente se ponga a leer a Camus ―no hay peor sordo que el que no quiere oír―, pero sí que los pocos capaces de entender qué significan las revoluciones y las ideologías totalitarias no olviden nunca su firmeza moral.

(Publicado en Quadern de El País, 08-03-2021)

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Carnaza

No sé si en general se es muy consciente de los efectos que ha causado en Estados Unidos la implantación del movimiento Me Too. Al principio, las feministas racionales, las llamadas amazónicas porque defienden que las mujeres conquisten con su propio esfuerzo y sin victimismos el lugar que les corresponde en la sociedad, acogieron con buenos ojos el movimiento porque su propósito era que las víctimas de abusos sexuales tuviesen el coraje necesario para denunciarlo ante un juez, pero el invento se ha convertido en poco tiempo en una máquina de delación y escarnio público ajena  a toda garantía jurídica. Camille Paglia, Christina Hoff Sommers o Bérénice Levet, algunas de las mejores pensadoras del feminismo racional, insisten en la perversidad de un movimiento que condena a la ignominia, sin otra garantía que la palabra de unos testigos, a hombres contra quienes no hay, en muchos casos, pruebas inculpatorias que un juez pueda tomar en consideración. El placer de juzgar ―uno de los impulsos más definidores de la masa humana, como explicó Elias Canetti― encuentra en el Me Too un canal de expansión. El actor Matt Damon, por referirme a un caso conocido, dijo en 2018 en un programa de televisión que el Me Too le parecía justo y necesario pero que había que actuar en proporción a los crímenes y delitos cometidos y que no era lo mismo darle una palmada en el trasero a una mujer que violarla o abusar de un menor. Automáticamente, Damon se vio convertido en carnaza para las redes sociales y en poco tiempo se recogieron cerca de 30.000 firmas para exigir que le echaran de la película que estaba rodando. Damon es un famoso, y esa condición alimenta las bajas pasiones del pueblo, pero son muchos los hombres que han perdido su trabajo por falsas acusaciones o delitos menores.

      Ahora que el desbordamiento de aguas llega a nuestras latitudes, es muy recomendable leer, por prevención, sobre los estragos que ya lleva años causando en Estados Unidos. Aludo, como el lector puede suponer, a la lapidación mediática del dramaturgo Joan Ollé. Es posible que, cuando este artículo le llegue, el caso se haya complicado más y que mis impresiones acaben pecando por exceso o por defecto. De momento, lo que he visto es una multitud, que el actor Joel Joan quiso liderar en su condición de celebrity, dispuesta a arrancarle la piel a tiras. Hace un año, otro actor, Joan Lluís Bozzo, ya pidió públicamente que lo expulsaran del Teatre Nacional por sus artículos contra los procesistas. No puedo decir que una cosa tenga vinculación con la otra, pero lo que sí puedo decir es que, en el caso que nos ocupa, no hay más que pasearse un rato por Twitter para ver que la carnaza atrae, en una inmensa mayoría, a los peces amarillos.

(Publicado en Quadern de El País, 04-03-2021)

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Un compendio

Dentro de un tiempo que preveo largo, si algún día el mundo empieza a recuperar el juicio, ciertos discursos parlamentarios actuales podrán leerse ―suponiendo que sean inteligibles― como se leen las marcas que dejan las crecidas de los ríos: hasta aquí llegaron las aguas. Hará cosa de dos semanas, por ejemplo, la consejera de Salud de la Generalitat de Cataluña, Alba Vergés, empezó su intervención, en respuesta al diputado de Ciudadanos Jorge Soler, advirtiendo de que ya se le habían hinchado los ovarios. No diré que el hecho no haya sido objeto de comentario en las columnas de opinión, pero esa advertencia de Alba Vergés dio pie a un discurso de apenas dos minutos que merece la pena apreciar en su conjunto como compendio de las ideas públicas de nuestro tiempo.

            El motivo del estado lamentable en el que decía encontrarse la consejera en el inicio de su turno de respuesta era la arrogancia científica del diputado al que se dirigía en aquel momento, pero no se trataba de un fenómeno espontáneo, sino de un mal que se fue incubando durante años. La consejera recordaba perfectamente, según explicó a continuación, que ese malestar suyo le empezó el mismo día en que conoció al diputado en un debate electoral de la campaña de 2017. En aquella ocasión ya le quedó claro que el señor Soler, por el hecho de ser médico, de tener estudios, se creía mejor que las otras personas. «¡El típico clasismo!» ―exclamó la consejera―. «¡Y me atrevo a decir rancio!», añadió. El desprecio por el conocimiento no es un prejuicio reciente ―Tocqueville, hace más de ciento ochenta años, ya lo consideró inherente a las sociedades democráticas―, pero la democracia participativa lo ha convertido en la fuente de todas las manías políticas del siglo. Al conocimiento, solo puede oponérsele el sentimiento, y así, la consejera replica a la arrogancia científica del diputado que el sistema público de salud «también puede defenderse desde una visión ciudadana sin ser directamente profesional sanitario, pero queriendo muchísimo a los profesionales sanitarios». Después de eso, sin solución de continuidad y a modo de conclusión, la señora Vergés ordena al diputado que se feminice con el objetivo de aprender a trabajar en equipo: «Por lo tanto, feminícese un poco, feminícese un poco, un poquito nada más… porque, ¿usted sabe qué son los equipos?». En el compendio de la consejera no falta ninguno de los valores y las sensibilidades de la cultura contemporánea: el gusto por la grosería, el juicio de intenciones, el desprecio por el saber, los sentimientos como medida de todas las cosas y el feminismo patológico. Y el trabajo en equipo.

(Publicado en Quadern de El País, 04-02-2021)

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Superioridades

En una conferencia titulada «Pensamiento y poesía» (incluida en Arte poética), Jorge Luis Borges cita una frase de Walter Pater según la cual todas las artes aspiran a la condición de la música. Glosando las palabras de Pater, Borges observa que, en la música, no hay ninguna posibilidad de separar la forma del contenido, y que esa es sin duda una aspiración de la poesía. En la poética moderna, todas las artes persiguen la unidad que el lenguaje musical posee por naturaleza: Mallarmé no quiere dar a sus poemas más sentido que el que se obtiene de la música; Kandinsky explica los fundamentos de la pintura abstracta valiéndose de la música, y los mismos compositores no tardarán en huir de la mímesis emocional del Romanticismo, depurando con la atonalidad la tendencia de la música a no decir nada que no se refiera a la propia composición. El efecto que causa una suite de Bach, una sinfonía de Brahms o una pieza de Schönberg no es muy distinto del que causan el ritmo de unas frases, la extrañeza de una metáfora o la contemplación de un cuadro. En un poema o una pintura hay además otras cosas relacionadas con la experiencia concreta del mundo, pero es el impacto estético lo que revela esas cosas, a veces banalidades sin otro sentido que la forma en que son reveladas. George Steiner también dice en Errata, por las mismas razones, que la música es el arte supremo, pero no todo el mundo es de la misma opinión.

        Oscar Tusquets, que mantuvo durante años una estrecha relación con Salvador Dalí, declara en una entrevista reciente de Miranda Solana, publicada en la revista digital La Puñalada, que el pintor consideraba la música como la más baja de las artes porque se percibe con las vísceras y, cuando lo decía ―añade Tusquets―, se tocaba la barriga. Dalí siempre tuvo esa idea. En Confesiones inconfesables, cuenta que una vez, en la escuela, se fijó en un niño de aspecto enfermizo que llevaba un violín y, aprovechando el momento en el que el niño se agacha para atarse los cordones de los zapatos y se ve obligado a dejar el violín en el suelo, le administra un puntapié en el culo y, de un talonazo, aplasta el instrumento. No puedo entretenerme en los detalles de ese relato fantástico, pero el caso es que el acto del pequeño Salvador provocó un contrataque furioso del agredido, y cuando un profesor que pasaba por allí se acerca alarmado a preguntar qué ocurre, Dalí se justifica diciendo que le había chafado el violín para demostrar la superioridad de la pintura sobre la música. Si en lugar de ese niño de salud delicada sus antagonistas hubiesen sido Pater, Borges y Steiner, tal vez habría claudicado. Tres contra uno ya podrán, hubiese dicho.

(Publicado en Quadern de El País, 07-01-2021)

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Hermenéutica

A propósito del proyecto de ley del gobierno español designado, para salir del paso, como «procedimiento de actuación sobre la desinformación», Gabriel Rufián hizo saber no hace mucho en Twitter su punto de vista sobre la verdad. «Entre la verdad y la mentira ―escribió― solo un fascista elige a sabiendas la mentira. Y silenciar y señalar esto no es censura, es autodefensa». Hay, en esa frase del portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados, tres cosas dignas de consideración. La primera, que la mentira es exclusivamente propia del fascismo. La segunda, que el proyecto de ley ―por lo menos, tal como él lo explica― se propone silenciar y señalar con el dedo a todos aquellos que falten a la verdad, es decir, a los previamente señalados como fascistas. No descubro nada si digo que el adjetivo fascista es de aplicación, hoy en día, a cualquier persona que no acaba de ver claras las ideas de bombero de los nacionalismos periféricos y la extrema izquierda. Siendo esa la premisa, la impresión general que debemos extraer de ese «procedimiento de actuación» que se nos anuncia es que, en cumplimiento de la ley, se procurará identificar y retirar de circulación a todo aquel que, a causa de su fascismo congénito, se halle predispuesto a la mentira. Decir, por ejemplo, que el sexo tiene un fundamento biológico o que ERC es un partido xenófobo podrían ser mentiras constitutivas de delito. Es la oficialización de la Cancel Culture, que, en el programa americanizador de ese gobierno de progreso, no podía faltar como herramienta fundamental de empoderamiento.

      Quedaba pendiente una tercera consideración, y es que las dos anteriores solo pueden deducirse de una interpretación subjetiva de las palabras de Rufián, pues lo que declara objetivamente el apotegma del diputado es que aquello que hay que silenciar ―verbo transitivo― es esto, o sea la frase que acaba de decir él mismo. Ahora bien, a pesar de la sintaxis, las palabras de Rufián dejan adivinar un concepto de verdad ampliamente extendido entre la población contemporánea. Si, de verdad, todo el mundo tiene la suya, como proclama desde hace generaciones el relativismo triunfante, los debates de ideas solo pueden decidirse por imposición, y es esa la razón por la cual no hay nada tan dogmático como un relativista. Sin una información objetiva y un reconocimiento de los hechos ―decía Hannah Arendt― la libertad de opinión no es sino una farsa. No deja de impresionar que, no siendo necesario graduarse en filosofía para llegar a tal conclusión, haya, en nuestra sociedad, tan poca gente preparada para llegar a ella, y que sean precisamente los relativistas los que se erijan en defensores de la verdad.

(Publicado en Quadern de El País, 26-11-2020)

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El fin del buen gusto

Las reformas que se han ido aplicando estos últimos años en la enseñanza universitaria tienden a repudiar el ideal ilustrado de formar con la educación ciudadanos libres y responsables. La prioridad de nuestros días es poner la universidad al servicio de la empresa, objetivo que, si bien puede tener un sentido relativo en algunas carreras, no puede verse en general más que como el último asalto al conocimiento puro. La pedagogía de la utilidad, cortando por el mismo patrón todas las disciplinas, pone en primer plano el cumplimiento de ciertas actividades prácticas, entendidas estas según una concepción que no encuentra nada que pueda considerarse práctico en la lectura profunda de obras de pensamiento, la discusión fundamentada de ideas, la compleja elaboración del criterio con el perfeccionamiento del estilo o la maduración del sentido estético. A la obsesión por la práctica, se le añade el desprestigio de la clase magistral. Al estudiante se le reconoce ahora como un sujeto activo, con un derecho a hacerse oír tan legítimo como el del profesor. El fenómeno mana de la misma fuente que inunda con las voces del pueblo la política y los medios de comunicación: en cuanto se decide que todas las opiniones son igualmente respetables, no puede haber ya debate libre, sino una expansión constante de los prejuicios que la sociedad también quiere ver respetados en las aulas. La combinación de ese despropósito con la infantilización creciente de los alumnos ―obligación de asistir a las clases, evaluación del rendimiento con pautas imitadas de la enseñanza escolar― ha de tener forzosamente efectos letales.

            En el proyecto ilustrado, la conciencia del lenguaje como instrumento del raciocinio ocupaba el primer plano. En Sobre la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencias, una conferencia pronunciada a finales del siglo XVIII en el Real Instituto Asturiano, Jovellanos argumentó la oportunidad de incluir formación literaria y filosófica en la enseñanza de la ciencia. El centro, fundado por él mismo, se dedicaba al estudio de la minería y la náutica, de manera que su discurso se dirigía a una audiencia de científicos y técnicos. Jovellanos les explica que la función de la gramática, la poética, la dialéctica y la lógica es la de expresar rectamente las ideas: «¿Es otro su fin que la exacta enunciación de nuestros pensamientos por medio de palabras claras, colocadas en el orden y serie más convenientes al objeto y fin de nuestros discursos?». Y, en la enunciación exacta, el instrumento no se distingue del producto: el lenguaje no es solo un canal de expresión, sino la materia de la que están hechos los pensamientos. A esa laboriosa construcción, Jovellanos le llama «el buen gusto».

(Publicado en Quadern de El País, 29-10-20)

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La perspectiva como eufemismo

Cuando, con la fatuidad servil de quien esparce los humos de la nueva religión occidental, se afirma que el género es una construcción social y al mismo tiempo se habla de la invisibilización de la mujer, la transición de sexo y la anormalidad del comportamiento heterosexual ―como hizo, por ejemplo, la directora del Instituto de la Mujer―; cuando todo eso se proclama como una ciencia por todos los canales disponibles y las autoridades lo imponen como una verdad revelada, todo parece indicar que lo que nos va atrapando cada día más en su círculo cerrado es, probablemente, la revolución cultural más absurda de la que jamás hayamos tenido noticia.

     Lo que empezó hace décadas como una extravagancia de los países anglófonos y poco a poco fue estableciendo su hegemonía en las universidades norteamericanas se ha ido extendiendo sin trabas por todo el mundo occidental. Miméticamente postradas ante el delirio posmoderno, las universidades españolas ya se han puesto a desplegar su plan de choque y, en Cataluña, la Agencia para la Calidad del Sistema Universitario, que desde hace años se aplica, con sus refinamientos burocráticos, a hacer la vida imposible a los profesores, ha encontrado ahora en la introducción de la perspectiva de género un instrumento ideal para acabar con la libertad de cátedra. Porque la perspectiva es en realidad una ideología de vocación totalitaria, y todo el documento marco que ha elaborado ese organismo con la excusa de la igualdad está impregnado de la idea antigualitaria según la cual el ejercicio de las facultades intelectuales depende del sexo (del género) y de las diferentes inclinaciones sexuales de cada individuo. Como animales que somos, las personas observamos comportamientos emocionales distintos según el sexo que nos determina desde la concepción, pero si hay algo que borra las diferencias es el uso de la razón y la elevación del espíritu: en nombre de la igualdad, se quiere destruir la única experiencia humana en la que la igualdad es posible. A tal efecto, se insinúa que la bibliografía de las asignaturas debería regirse por criterios de paridad y que los profesores deberían usar el lenguaje inclusivo y buscar, en todos los documentos de trabajo, la acción oculta del demonio patriarcal. Para avalar el despropósito, no se privan de citar fuentes radicales que atacan con furia el pensamiento liberal que ha iluminado el progreso de Occidente, como si otras voces autorizadas no hubiesen puesto en evidencia las pretensiones del delirio de género. Pero la derrota del pensamiento ya parece inevitable: la sociedad ya está demasiado intoxicada y me temo que una gran mayoría de docentes se someterá a las instrucciones que reciba de la autoridad con la sumisión tenaz de los penitentes.

(Publicado en Quadern de El País, 01-10-20)

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Libritos de lomo

El Día del Libro, inventado en los años 20 del siglo pasado por el editor valenciano establecido en Barcelona Vicent Clavel, ha procurado, desde sus orígenes, el malestar de los escritores celosos de su trabajo, y los ha situado en el dilema de apreciarlo por lo que tiene de eficaz en la promoción económica del sector y rechazarlo por lo que tiene de antiliterario y folclórico. En 1934, el poeta J.V. Foix clamaba contra el Día del Libro en las páginas de La Publicitat, y Josep Maria de Sagarra se hacía eco de sus palabras en el semanario Mirador. Les molestaba, sobre todo, que las personas que no tenían ningún interés en leer se agolparan ante los puestos callejeros y las puertas de las librerías para cumplir con un deber festivo y obtener un diez por ciento de descuento con la misma satisfacción con la que compraban el rosco de Reyes.

    Esa polèmica estallaba cuando, en Cataluña, el Día del libro ya era, desde hacía cuatro años, la Diada de Sant Jordi; en el resto de España se conmemoraba que Shakespeare y Cervantes habían muerto, los dos, un 23 de abril. Antes, en 1926, el rey Alfonso XIII, atendiendo la iniciativa de Clavel, había instituido la fiesta el 7 de octubre, incierta fecha del nacimiento de Cervantes. En aquel periodo, Sagarra ya celebraba, con ironía, el espectáculo circense de la Diada. De la del 29, dijo que en la entrada de algunas librerías habían puesto como reclamo un tigre disecado o tres loros vivos, y que otros «han usado como atracción al propio autor». En un futuro ―augura― «es posible que se llegue a producir el espectáculo de los autores atados con cadenas, vestidos de saltimbanquis, o bien encerrados en una jaula sin más que un slip y unas pinzas en los dedos que servirán para arrancarse la piel los unos a los otros».

    A diferencia de Shakespeare y Cervantes, Foix y Sagarra no eran catalanes. El orgullo patriótico no puede sino ver en la Diada de Sant Jordi la encarnación del talante cívico, cultural, progresista, pacífico y democrático de un pueblo unido y maduro. Que nos regalemos libros, demuestra que somos amantes de la cultura; que nos regalemos rosas, resalta nuestro carácter pacífico y amoroso. Ahora bien, San Jorge fue un granjero de Capadocia del siglo IV d.C. que se hizo rico vendiendo cerdos al ejército romano y que, siendo más tarde nombrado obispo por el emperador Constancio, acabó linchado por las multitudes por su cruel despotismo. Lo dice Edward Gibbon y no seré yo quien le lleve la contraria. Con una producción tan excelente de longanizas y butifarras, los catalanes nos merecemos ese patrón, y para ser coherentes del todo, en lugar de regalarnos libros, deberíamos regalarnos libritos de lomo.

(Publicado en Quadern de El País, 23-07-20)

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