Una modesta proposición

Una vez aprobado por el gobierno español el anteproyecto de ley que ha de permitir que cualquier persona, en pleno uso de sus facultades o en pleno desuso de estas, pueda renegar del sexo que le fue asignado en el nacimiento, sin otro requisito que la percepción subjetiva de la propia condición, tal vez la respuesta más sensata, cuando la ley entre en vigor, sea que todos los hombres se declaren mujeres y todas las mujeres se declaren hombres. De este modo se mantendría un cierto equilibrio de las cosas, y quedarían a salvo conquistas esenciales de la posmodernidad, como la paridad de género o los programas para corregir la escasez de vocaciones femeninas en las carreras técnicas, que pasaría a ser un problema de vocaciones masculinas. El trámite es sencillo. Ni siquiera hará falta cambiar de aspecto: un señor perfectamente varonil, dotado de barba y bigote y de una hermosa curva de la felicidad, podrá solicitar su inscripción como mujer en el registro civil, y después de los tres meses de espera que exige la ley, ya será una señora a todos los efectos. Igualmente, sin renunciar a sus características femeninas, las señoras podrán declararse hombres y ocupar los puestos directivos que, en cumplimiento de las cuotas de género, no estén destinados a las neomujeres. Invirtamos, pues, la división de sexos y así aceleraremos la aplicación del programa de máximos. No en vano, en algunas escuelas norteamericanas, ya se pide a los niños que se imaginen en un sexo distinto al que creen poseer, aquel que la ideología heteropatriarcal les impuso con la sola base de haber vislumbrado en una ecografía los engañosos atributos genitales del feto.

        El término gender se empieza a adoptar en inglés en los años cincuenta del pasado siglo para diferenciar la expresión de la identidad sexual del sexo biológico. El feminismo lo hizo suyo en poco tiempo, y a buenas horas lo lamenta: nadie planta batalla para compartir espacio con el enemigo, y estaba escrito que el género había de aniquilar el sexo biológico reduciéndolo a la opinión de un obstetra. Se me dirá que frivolizo, y no sin razón, en un asunto que ha causado mucho sufrimiento a muchas personas: ciertamente, en los países donde ya se aplican leyes parecidas cada vez son más los arrepentidos de haberse administrado, por presión social, bloqueadores de la pubertad o altas dosis de hormonas cruzadas, con graves consecuencias para su salud, y de haberse sometido en algunos casos a cirugías irreparables. No son pocos, por otro lado, los terapeutas que han perdido su licencia profesional por aconsejar tratamientos disuasorios. Es el precio del progreso. En un futuro próximo, todo eso va a dar trabajo a los abogados.

(Publicado en Quadern de El País, 11-07-2021)

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