Hermenéutica

A propósito del proyecto de ley del gobierno español designado, para salir del paso, como «procedimiento de actuación sobre la desinformación», Gabriel Rufián hizo saber no hace mucho en Twitter su punto de vista sobre la verdad. «Entre la verdad y la mentira ―escribió― solo un fascista elige a sabiendas la mentira. Y silenciar y señalar esto no es censura, es autodefensa». Hay, en esa frase del portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados, tres cosas dignas de consideración. La primera, que la mentira es exclusivamente propia del fascismo. La segunda, que el proyecto de ley ―por lo menos, tal como él lo explica― se propone silenciar y señalar con el dedo a todos aquellos que falten a la verdad, es decir, a los previamente señalados como fascistas. No descubro nada si digo que el adjetivo fascista es de aplicación, hoy en día, a cualquier persona que no acaba de ver claras las ideas de bombero de los nacionalismos periféricos y la extrema izquierda. Siendo esa la premisa, la impresión general que debemos extraer de ese «procedimiento de actuación» que se nos anuncia es que, en cumplimiento de la ley, se procurará identificar y retirar de circulación a todo aquel que, a causa de su fascismo congénito, se halle predispuesto a la mentira. Decir, por ejemplo, que el sexo tiene un fundamento biológico o que ERC es un partido xenófobo podrían ser mentiras constitutivas de delito. Es la oficialización de la Cancel Culture, que, en el programa americanizador de ese gobierno de progreso, no podía faltar como herramienta fundamental de empoderamiento.

      Quedaba pendiente una tercera consideración, y es que las dos anteriores solo pueden deducirse de una interpretación subjetiva de las palabras de Rufián, pues lo que declara objetivamente el apotegma del diputado es que aquello que hay que silenciar ―verbo transitivo― es esto, o sea la frase que acaba de decir él mismo. Ahora bien, a pesar de la sintaxis, las palabras de Rufián dejan adivinar un concepto de verdad ampliamente extendido entre la población contemporánea. Si, de verdad, todo el mundo tiene la suya, como proclama desde hace generaciones el relativismo triunfante, los debates de ideas solo pueden decidirse por imposición, y es esa la razón por la cual no hay nada tan dogmático como un relativista. Sin una información objetiva y un reconocimiento de los hechos ―decía Hannah Arendt― la libertad de opinión no es sino una farsa. No deja de impresionar que, no siendo necesario graduarse en filosofía para llegar a tal conclusión, haya, en nuestra sociedad, tan poca gente preparada para llegar a ella, y que sean precisamente los relativistas los que se erijan en defensores de la verdad.

(Publicado en Quadern de El País, 26-11-2020)

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