Libritos de lomo

El Día del Libro, inventado en los años 20 del siglo pasado por el editor valenciano establecido en Barcelona Vicent Clavel, ha procurado, desde sus orígenes, el malestar de los escritores celosos de su trabajo, y los ha situado en el dilema de apreciarlo por lo que tiene de eficaz en la promoción económica del sector y rechazarlo por lo que tiene de antiliterario y folclórico. En 1934, el poeta J.V. Foix clamaba contra el Día del Libro en las páginas de La Publicitat, y Josep Maria de Sagarra se hacía eco de sus palabras en el semanario Mirador. Les molestaba, sobre todo, que las personas que no tenían ningún interés en leer se agolparan ante los puestos callejeros y las puertas de las librerías para cumplir con un deber festivo y obtener un diez por ciento de descuento con la misma satisfacción con la que compraban el rosco de Reyes.

    Esa polèmica estallaba cuando, en Cataluña, el Día del libro ya era, desde hacía cuatro años, la Diada de Sant Jordi; en el resto de España se conmemoraba que Shakespeare y Cervantes habían muerto, los dos, un 23 de abril. Antes, en 1926, el rey Alfonso XIII, atendiendo la iniciativa de Clavel, había instituido la fiesta el 7 de octubre, incierta fecha del nacimiento de Cervantes. En aquel periodo, Sagarra ya celebraba, con ironía, el espectáculo circense de la Diada. De la del 29, dijo que en la entrada de algunas librerías habían puesto como reclamo un tigre disecado o tres loros vivos, y que otros «han usado como atracción al propio autor». En un futuro ―augura― «es posible que se llegue a producir el espectáculo de los autores atados con cadenas, vestidos de saltimbanquis, o bien encerrados en una jaula sin más que un slip y unas pinzas en los dedos que servirán para arrancarse la piel los unos a los otros».

    A diferencia de Shakespeare y Cervantes, Foix y Sagarra no eran catalanes. El orgullo patriótico no puede sino ver en la Diada de Sant Jordi la encarnación del talante cívico, cultural, progresista, pacífico y democrático de un pueblo unido y maduro. Que nos regalemos libros, demuestra que somos amantes de la cultura; que nos regalemos rosas, resalta nuestro carácter pacífico y amoroso. Ahora bien, San Jorge fue un granjero de Capadocia del siglo IV d.C. que se hizo rico vendiendo cerdos al ejército romano y que, siendo más tarde nombrado obispo por el emperador Constancio, acabó linchado por las multitudes por su cruel despotismo. Lo dice Edward Gibbon y no seré yo quien le lleve la contraria. Con una producción tan excelente de longanizas y butifarras, los catalanes nos merecemos ese patrón, y para ser coherentes del todo, en lugar de regalarnos libros, deberíamos regalarnos libritos de lomo.

(Publicado en Quadern de El País, 23-07-20)

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