El arte pierde el sentido

En 1987, el poeta, humanista y crítico literario Juan Ferraté escribió en el Diari de Barcelona un artículo que en aquel momento, si mal no recuerdo, apenas movió a escándalo, y que ahora, con toda probabilidad, haría saltar la alarma de las buenas conciencias y tal vez serviría de combustible para una campaña incendiaria contra el diario que se atreviese a publicarlo. Se llamaba «Veritats de la imaginació i sortides de peu de banc», y el lector interesado lo puede hallar en el volumen de artículos de Ferraté que Empúries editó en 1989 con el mismo título con el que, en su memoria, bautizamos esta columna: Provocacions.[1] Ferraté expone el caso hipotético de un novelista que, en un momento del relato, decide introducir un episodio en el que el protagonista viola a un niño de ocho años. Puesto que ese novelista imaginario es serio y competente —es decir: conoce el oficio y se propone componer una obra literaria y no un discurso de propaganda sentimental, política o moral— el lector se puede identificar perfectamente con el personaje y vivir sus emociones sin alterar sus convicciones. En el lector de una obra literaria o el espectador de un objeto de arte o de una película conviven dos verdades, y esa convivencia solo resulta perversa cuando las dos se confunden por estupidez o locura. En el artículo de Ferraté hay una frase esencial para entender la naturaleza de la imaginación poética: «Lo que el lector tiene ante sí es la transposición de su experiencia en los términos propuestos por la novela». No necesitamos ser un asesino para vivir como propios los padecimientos y los terrores de Macbeth, del mismo modo que no tenemos que convertirnos en insectos para meternos en la piel de Gregor Samsa.

            Obedeciendo solo a una coherencia interna, en la composición de una obra literaria pueden entrar tanto los buenos sentimientos como la perversión, pero no como una finalidad en sí misma, sino como parte integrante de unas coordenadas estéticas, y el lector está llamado a contemplarlo todo con la indiferencia moral con que los dioses contemplan el orden universal. Por este motivo, porque la pintura, exactamente igual que la literatura, no puede ser valorada ni comprendida fuera de las dimensiones en las que habita, los sucesivos accesos de indignación y escándalo con que el puritanismo contemporáneo ha exigido, y en algunos casos obtenido, la retirada de obras de los museos y la censura de carteles, desde el caso de Balthus hasta los de Waterhouse y Egon Schiele, entre otros, no solo indica que la cultura occidental ya vuelve a ser presa de una furia intolerante de consecuencias muy temibles, sino también que, para el espíritu moral que ya se ha hecho fuerte en las universidades y ya infecta incluso las instituciones democráticas —en el caso de Schiele los censores son los gobiernos de Alemania y Reino Unido— el arte ha dejado de tener sentido.

[1] Este texto se publicó el 15 de febrero de 2018 en la columna que, con el título de Provocacions, comparto desde 2015 en el suplemento en catalán Quadern del diario El País con Salvador Oliva, Valentí Puig y Ponç Puigdevall.
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Orígenes

Hablando de la decadencia de la pequeña burguesía inglesa, justo al principio de la Autobiografía que escribió en los años treinta, poco antes de morir, Chesterton explica que la clase media, tan respetable en tiempos de su abuelo, se ha dividido en esos momentos entre los pretenciosos (snobs) y los gazmoños (prigs). Los primeros quieren entrar en Sociedad y los segundos quieren salir de la Sociedad y entrar en sociedades tales como la comunidad vegetariana o las colonias socialistas. También sabemos por otras fuentes que, en esa época, ya había afición al orientalismo y a la antipedagogía. En la novela La tía Mame, de Patrick Dennis, situada en el periodo de entreguerras, la protagonista quiere enviar a un sobrino huérfano que ha quedado a su cargo a una escuela mixta donde las clases se dan con los alumnos y los profesores desnudos e iluminados por rayos ultravioleta, y el programa educativo —orientado a combatir intensamente toda forma de represión— consiste en gimnasia rítmica, arte no figurativo y grupos de discusión. La tía Mame no puede dejar de lamentar, entre otras contrariedades, una exigencia del testamento paterno: el niño deberá recibir una educación protestante, y de este modo se verá privado de los misterios de las religiones orientales. Esnobismo y gazmoñería suelen tener ciertos puntos de contacto, lo cual es perfectamente lógico si tenemos en cuenta que proceden de la misma clase social.

            No es extraño que, en una era de convulsiones y conflagraciones como la que ha padecido Occidente en los últimos cien años, las tendencias decadentes de las clases medias hayan tenido una vida discontinua, pero lo que no se puede negar es que en el primer cuarto del siglo XXI han vuelto a florecer con escasas diferencias respecto a las que observaba Chesterton en su tiempo: las comunidades vegetarianas pasan ahora por uno de sus mejores momentos y las colonias socialistas vuelven a ser una aspiración. Se han añadido a ellas, es cierto, otras dedicaciones y compromisos, pero todos son producto de la misma matriz. El esnobismo de la clase media ha florecido también al mismo compás, con legiones de connaisseurs en gastronomía, moda y arte contemporáneo, y cuando se ha hermanado con la gazmoñería ha producido lo que se ha dado en llamar «izquierda feng shui», con todo su universo de medicinas alternativas, ecologismo emocional y estudios de género. Es, qué duda cabe, el movimiento más conservador de nuestro tiempo. Ya llevan casi cien años persistiendo en las mismas ideas, y ahora ya ocupan alcaldías y otros puestos de poder. Son los biznietos de quienes querían salir de la sociedad y de quienes querían entrar en sociedad, y tal vez sea por este motivo por lo que, queriendo salir de la Unión Europea, del euro, del Estado de derecho y del pensamiento racional, no parece que por el momento tengan la menor intención de abandonar las pretensiones sociales.

(Publicado en el Quadern de El País, 18-01-18)

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Cosas raras

El prestigio de la pseudociencia, especialmente en el terreno de las llamadas medicinas alternativas, se fue fortificando con el tiempo a medida que la ciencia extremaba el rigor y ofrecía resultados cada vez más fiables. En la situación actual, cuando el método científico ya queda fuera de toda duda, el rechazo de las vacunas o de los tratamientos del cáncer, la satanización de la industria farmacéutica, la guerra contra los transgénicos, y una extensa relación de oscurantismos varios han tomado posesión de una parte importante de la opinión pública más bien informada de la historia. Michael Shermer, que a las crencias infundadas les llama «cosas raras», ha explorado a fondo las estrategias, la psicología y las implicaciones del pensamiento irracional, y ha mostrado cómo la formación académica y la capacidad intelectual —la que miden los tests de inteligencia— no inmunizan contra la ofuscación, y cómo las habilidades dialécticas permiten defender mejor las opiniones absurdas. Esa constatación explica seguramente por qué hay tantas personas con estudios superiores y aparentemente sensatas que se dejan arrastrar por el torrente de la fantasía.

            Aplicadas a la política, las cosas raras siempre acaban teniendo un efecto catastrófico. Así como la pseudociencia ha crecido en el combate contra el éxito del rigor científico, la pseudopolítica se ha fortalecido con la extensión y la consolidación de las libertades democráticas. Como la pseudociencia, la pseudopolítica niega o ignora las evidencias que la contradicen, ya sean éstas históricas, jurídicas, económicas o sociológicas. Una y otra engordan con la sugestión verbal. «Alternativo» y «natural» son, como «paz» y «diálogo», promesas de redención; y la clásica expresión «imperio de la ley», perfectamente intercambiable con «Estado de derecho», causa a veces una especie de reacción rabiosa en algunos periodistas, tertulianos y políticos que inconscientemente asocian a la palabra «imperio» todos los abusos de las tiranías. El mesianismo es también una característica común a uno y otro fenómeno. En Cataluña nos hallamos en la rarísima circunstancia de tener a un pseudopresidente de una pseudorepública con sede en Bruselas dispuesto a explicar al mundo que se sintió poseído por una fuerza que lo empujó hacia su destino. Este pseudopresidente ha hecho además una revelación de aires proféticos: «Cataluña será un Estado moderno, soberano y justo si es capaz de situarse en la vanguardia democrática de Europa. Queremos que Cataluña sea una república nativa digital». Entre los siglos XX y XXI el país ha producido ufólogos, astrólogos y parapsicólogos de fama internacional, y también ha producido políticos convencidos de defender la misma causa que Mandela, Luther King o Rosa Parks. Lo que votamos el día 21 es si la pseudopolítica debe seguir siendo la norma.

(Publicado en el Quadern de El País, 14-12-17)

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Mitos flácidos

Así como en el catalán literario el noucentisme dejó un rastro de ampulosidad que, abstraído de su originaria voluntad de elevación —de la necesidad de poseer un lenguaje dotado del ritmo y las distinciones del pensamiento—, no perduró más que en la forma de un gusto ridículo por un léxico abigarrado, hecho de calcos del francés, hipercultismos, ruralismos, y una sintaxis torturada y estéril; así, el legado político del noucentisme, sometido a la erosión de vanas obsesiones nacionales, dejó también una huella de autosatisfacción, perfectamente ignorante de los materiales nobles con los que se quiso construir el imperio del catalanismo. El novecentismo aspiraba a una sociedad distinguida y culta, y es esa aspiración, materializada en obras de una altura muy considerable, lo que hizo que la cultura catalana moderna adquiriese un sentido, pero también llenó la cabeza de las gentes de historias fantásticas sobre el pasado glorioso de la nación y el carácter de sus hijos —contrapuesto al de los castellanos— pactista, analítico, sensato. Esos mitos, que el presidente Pujol no perdió la oportunidad de poner a su servicio con las maneras propias de un viajante de comercio, han llegado enteros a nuestros días, pero con la flacidez de los objetos que han perdido su función; ahora ya no tienen una aspiración culta y regeneradora, sino todo lo contrario, y no sirven más que para la exaltación de unas masas educadas en la pura adhesión sentimental.

            Los civilizados atributos de la raza catalana ya los proveyó Valentí Almirall en Lo catalanisme (1886), pero el ideal de mitificación bebe especialmente de las fuentes de Action française —la derecha tradicionalista de Barrès y de Maurras— y el socialismo revolucionario de Georges Sorel, una síntesis fundamental para la aparición del fascismo. Bajo esa influencia se formó políticamente el joven Eugeni d’Ors, y bajo esa influencia vio la luz la Mancomunitat. Lo describe muy bien Javier Varela en su formidable biografía del Pantarca (Eugenio d’Ors, 1881-1954, RBA), de donde extraigo esas palabras de Enric Prat de la Riba, referidas a los mitos y publicadas en 1913 en un artículo de La Veu de Catalunya: «Lo afirman y lo niegan todo a la vez. Comunican a las multitudes la fe que solo se halla en la posesión de ideales renovadores y constructivos; y al mismo tiempo, por su indeterminación e imprecisión, aglutinan todas las fuerzas de protesta, todas las revueltas del malestar presente, todas las opiniones más divergentes, porque son una negación que niega todo lo que cada uno quiere destruir y una afirmación que reivindica todo lo que cada uno desea haber».

            Nada explica mejor la realidad de un presente flácidamente enraizado en extrañas ideas del pasado.

(Publicado en el Quadern de El País, 16-11-17)

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La verdad de las mentiras

En Voltaire contre-attaque, el ensayo que el pensador francés André Glucksmann publicó en 2014, un año antes de morir, se define nuestra época como “la anarquía de los saberes y las opiniones”. El problema no es solo que todo el mundo quiera hacer valer su opinión, sea o no pertinente, fundamentada o contrastada, sino que la sociedad vea la esencia de la democracia en esa actitud viciosa y perturbadora. En tal estado de cosas, todo es afirmable o negable a conveniencia del que habla y la verdad tiene que dejar forzosamente de existir, como siempre quisieron los que desde las escuelas y los medios de comunicación no desaprovechan nunca la oportunidad de proclamar su inexistencia. Tuvieron que llegar las redes sociales para que pudiera vivirse en plenitud el viejo sueño del igualitarismo: la anarquía de los saberes y las opiniones.

En los últimos años, con el acceso al poder de dirigentes políticos que en Twitter y en Facebook navegan por las mismas corrientes del odio, la falacia y el autoelogio que sus seguidores, la sociedad democrática tal como la hemos conocido hasta ahora en los países occidentales ha empezado a desdibujarse, y ese es el terreno cenagoso en el que, entre muchos otros fenómenos, han florecido el trumpismo, el Brexit y el Procés. El pasado 24 de septiembre, Xavier Vidal Folch y José Ignacio Torreblanca publicaron en El País un reportaje que, con el título de “Mitos y falsedades del independentismo”, recogía y explicaba las principales falsificaciones de la economía, la historia, el derecho y la condición política de España con las que el procesismo ha plantado sus poderosas raíces. No parece que el reportaje haya servido, entre los aludidos, más que para redoblar la animadversión que exhiben contra todo aquel que se permite ponerlos en tela de juicio; es característica prominente de la anarquía de los saberes y las opiniones que la denuncia rigurosa de una mentira merezca menos crédito que las afirmaciones arbitrarias. Las redes sociales y los poderosos medios audiovisuales de nuestro tiempo amplifican los efectos de la propaganda hasta extremos inusitados, pero como explica Hannah Arendt en Orígenes del totalitarismo, la creación de una dimensión paralela donde las creencias desmienten a los hechos ya fue, en los años treinta, el motor de las ideologías totalitarias. Lo que tenemos ante nosotros no es una simple colección de mentiras, sino una institucionalización de la mentira, de la mentira que, en el instante de ser emitida, se blinda contra toda falsabilidad y se convierte en una estructura de Estado. En una entrevista en Le Figaro, el historiador francés Benoît Pellistrandi, conocedor de todas esas circunstancias, declara que el independentismo catalán no es más que un eslogan, y explica que “se ha alimentado de un populismo antiespañol alentado por el gobierno de Cataluña”. Esa es la verdad que las mentiras han apartado del campo de visión.

(Publicado en el Quadern de El País, 19-10-17)

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El peor de los males

El espíritu partidista y su correlato más nocivo, la voluntad popular, se han ido apoderando de una cierta idea de democracia que hoy pugna de nuevo por hacerse soberana, pero no son pocos los pensadores de la sociedad abierta que han considerado el partidismo, y la fe de las masas que este cultiva y recoge, como los principales enemigos de la libertad. Es una inquietud que ya tenían algunos de los ilustrados y que halló su primera confirmación en la experiencia de los pensadores que conocieron la Revolución francesa. De todos ellos, tal vez ninguno fue tan eficaz, en la disección de los órganos internos del partidismo y en la expresión del horror que la visión de estos ha de causar en los espíritus libres, como Anne-Louise Germaine Necker (1766-1817), más conocida como Madame de Staël, de cuyo fallecimiento se cumplieron doscientos años el pasado mes de julio. Ilustrada y romántica como todos deberíamos esforzarnos en ser, Madame de Staël admitía que las pasiones constituyen la esencia del carácter humano, y ella vivió las del corazón con la mayor entrega, pero nada la puso tan en guardia como la irracionalidad organizada. Con una visión clásica de la verdad que en el siguiente siglo Julien Benda expondría y reclamaría en La traición de los clérigos, Madame de Staël ya dejó escrito que el juicio humano solo puede desarrollarse cuando se alcanza la más absoluta imparcialidad. Empezó a trabajar en su obra De la influencia de las pasiones en 1792, cuando tenía 26 años y Francia se encontraba a las puertas del régimen de terror que sucedió a la Revolución, pero no la acabaría hasta unos años más tarde, y la experiencia que vivió en este tiempo tuvo forzosamente que enriquecer sus observaciones sobre la potencia destructiva de las ideas fijas. Ya sabía, por su conocimiento de la historia, que la opinión pública jamás decidió su propia opinión, y ha visto que los hombres, cuando se reúnen, no se comunican más que por la electricidad que los mantiene unidos y no hacen más que poner en común sus sentimientos. “No es la inteligencia de cada uno —concluye—, sino el impulso general el que produce un resultado, y ese impulso lo da el individuo más exaltado”. En un siglo XXI que nos ha devuelto el prestigio de las masas en movimiento, en un movimiento incruento, más flácido que sus antecesores de los siglos XIX y XX, pero movimiento de masas en toda su plenitud, las palabras de Madame de Staël deben indignar a quienes creen y hacen creer que poner en la calle a centenares de miles de seres electrificados legitima todas sus aspiraciones. En «El espíritu de partido», un capítulo de De la influencia de las pasiones que debería ser de lectura obligada en las aulas, advierte que ese espíritu constituye el peor de los males: el fanatismo y la fe, los dos sentimientos que lo componen, son los más ciegos y violentos que ha conocido el mundo.

(Publicado en el Quadern de El País, 14-09-17)

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Un precursor

ANGELUS

Cuando escribió El mito trágico del «Angelus» de Millet a principios de los años treinta, Salvador Dalí ya conocía perfectamente a Freud y había leído a Lacan. Esa familiaridad con el psicoanálisis proporcionó a la natural inclinación paródica de su estilo un instrumento idóneo para dar expansión al propósito central de todas sus actividades: el escarnio sistemático de la cultura y la sociedad contemporáneas. En su ensayo, Dalí, que estos días vuelve a ser objeto de euforia mediática por la orden judicial que le obliga a salir del sepulcro, expone con vehemencia su obsesión por las figuras del cuadro de Millet, las cuales ve continuamente encarnadas en las rocas del Cap de Creus, las mantis religiosas, los guijarros de las playas, y una variedad prodigiosa de objetos, dibujos y fotografías. Esa obsesión —constata— no es únicamente suya sino de la humanidad en conjunto: el de Millet, en efecto, se ha reproducido miles y miles de veces en láminas destinadas a presidir comedores; en postales, cromos, vajillas. Ante el fenómeno, el espíritu científico del artista le lleva a preguntarse cómo es posible que una obra de aspecto “miserable, tranquilo, insípido, imbécil, insignificante, estereotipado al límite” pueda ejercer tal violencia sobre la imaginación, y para responderse procede a un análisis minucioso del Angelus.

            Recurriendo al método de la paranoia crítica, de su propia invención, Dalí ve en el cuadro de Millet la plasmación del mito edípico del incesto con connotaciones de canibalismo. Los campesinos representados no rezan el ángelus sino que entierran a un hijo. Una radiografía del lienzo reveló que Millet había esbozado en el suelo una forma paralelepipédica que después decidió borrar; Dalí cree que no puede tratarse más que de un ataúd y que ese descubrimiento corrobora su tesis, que podemos resumir en los términos siguientes. La figura femenina del cuadro es una madre que ha mantenido relaciones sexuales con su hijo, como sugiere claramente la carretilla que tiene a sus espaldas, símbolo inequívoco de la sodomía. El hombre, que es a la vez hijo y marido, se cubre los genitales con un sombrero para disimular la erección que le producen las circunstancias, y a su lado el palo de una horca hincado en tierra evoca la elevación del falo. En medio de todo esto, y a modo de justificación, Dalí informa a sus lectores de que, siendo niño, su madre solía practicarle felaciones, y añade que lo mismo puede tratarse de un recuerdo como de un falso recuerdo. Lacan se interesó extraordinariamente por este ensayo daliniano y sus discípulos aún se refieren a él con admiración. Dalí, ciertamente, indicó un camino a seguir, pero su interpretación del Angelus de Millet no acaba de ser exacta. Hoy en día sabemos que en realidad el cuadro nos habla de la doble falocracia a la que se ve sometida la mujer en la sociedad heteropatriarcal.

(Publicado en el Quadern de El País, 06-07-17)

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La máquina del sinsentido

En la actual jerga académica, una revista de impacto es una publicación que, por su rigor científico y la escrupulosa selección de los artículos que le son enviados, acapara las aspiraciones de los investigadores universitarios necesitados de publicar sin tregua para mantener la cotización de sus currículums. Cogent Social Sciences (Ciencias sociales convincentes) es una revista de impacto porque lo declara ella misma y porque así se le reconoce. Hace pocas semanas —tuve noticia de ello gracias al blog de la Plataforma Tercera Cultura— esa publicación académica aceptó sin reservas un artículo titulado El pene conceptual como constructo social. En el abstract (resumen), los autores, la doctora Jaimie Lindsay y el doctor Peter Boyle, declaran que «el pene conceptual se entiende mucho mejor, no como un órgano anatómico, sino como un constructo social isomórfico de la masculinidad tóxica performativa», y para sostener esa tesis se centran en el fenómeno del cambio climático, propiciado por una hipermasculinidad identificable con el pene conceptual implicado en las dinámicas del poder patriarcal capitalista. No sé si el lector se va a sorprender cuando le diga que en ese artículo todo es de mentira: falsos son los nombres de los autores, falsas sus credenciales y falsas todas y cada una de sus afirmaciones. Ahora bien, que los evaluadores de una revista de impacto no sepan distinguir una parodia de un trabajo riguroso tiene una explicación muy convincente: buena parte de lo que se publica en el ámbito de las ciencias sociales es indistinguible de la parodia.

            No es la primera vez que eso se pone en evidencia. Probablemente el lector recuerda el caso Sokal (1997), y no son pocos los críticos que, en libros y reseñas, no tuvieron reparo en denunciarlo, pero hace poco apareció en castellano una obra del filósofo inglés Roger Scruton, Los pensadores de la Nueva izquierda, que va mucho más allá de la simple denuncia. En este libro —reedición actualizada de uno anterior publicado en 1985—, Scruton traza la genealogía de esa forma de discurrir a la que él llama «máquina del sinsentido» con un rigor y una capacidad de análisis fuera de toda duda. Desde Sartre hasta Žižek, desde la Escuela de Frankfurt hasta los Estudios Culturales pasando por los posestructuralistas, en todos los casos identifica y demuestra alguna forma de absurdidad. A veces parcial, mezclada con ideas más o menos pertinentes; a veces, como en el caso de Lacan, total y absoluta, y es una pena que la edición castellana se ahorre el epígrafe que acompaña el título en el original inglés: Estúpidos, impostores y agitadores. En opinión de Scruton, los pensadores de la Nueva Izquierda no usan la lengua para argumentar, sino para impedir la discusión y la crítica mediante una oscura verborrea sin sentido, injertada de tópicos de la izquierda radical y altas dosis de paranoia psicoanalítica. Obviamente, Scruton es un facha.

(Publicado en el Quadern de El País, 08-06-17)

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La obra de gobierno

Durante la precampaña de las elecciones al Parlamento de Cataluña del año 2003, el programa matinal de Catalunya Ràdio preguntó a la audiencia quién sería el mejor sucesor de Jordi Pujol,  si Artur Mas o si Pasqual Maragall. Debieron de ser muchos los oyentes que se apresuraron a marcar el número de la emisora, pero yo solo recuerdo una llamada: la de una señora de voz ganchuda que se exclamaba nerviosamente por la impertinencia de la pregunta; la buena mujer veía tan claro como el agua que, antes que a los dos candidatos aludidos, el derecho de sucesión correspondía al hijo del patriarca, y su comentario se dejó oír sin que suscitase reacción alguna ni del conductor del programa ni de ningún otro oyente. A fin de cuentas, aquella señora no hacía más que reclamar, quién sabe si por disponer de información privilegiada, lo que ya figuraba desde hacía tiempo en los planes de la familia: como una auténtica María Cristina, Artur Mas había sido llamado a ser el regente que guardaría el trono a Oriol Pujol hasta que este hubiera madurado lo suficiente para ocuparlo.

            Vistas las circunstancias, no tiene nada de particular que, después de la toma de posesión de Pasqual Maragall como nuevo presidente de la Generalitat, Marta Ferrusola dijese que se había sentido como si les hubieran entrado a robar en su casa. Ahora que todo parece indicar que los ladrones no eran los que entraban sino los que salían, el símil del latrocinio cobra un valor inesperado, pero si lo que quería decir la primera dama era que los nuevos inquilinos del palau de la Generalitat llegaban para destruir la obra de gobierno del patriarca, no podía estar más equivocada. Josep-Lluís Carod Rovira, vigilante de los pasos de un Maragall que ya empezaba a encontrarse en horas bajas, no tenía otra intención que la de acelerar el proceso pujolista, el cual nunca había consistido en otra cosa que en la transformación gradual del país de los catalanes en un enorme campo de pastura.

            En las tertulias de las radios y las televisiones catalanas, suele haber alguien dispuesto a recordar con insistencia que en 2012 fue el pueblo de Cataluña el que, por reacción espontánea, tomó posesión del campo, y que el regente, impresionado por las legiones de catalanes que tomaban la iniciativa, no tuvo más remedio que dejar de ser María Cristina para convertirse en Moisés. El pueblo sabe de derecho, de economía, de historia y de sociolingüística y, en función de tales saberes, toma una decisión soberana. Ahora, cuando cada vez parece más probable que los Pujol Ferrusola constituían una banda criminal, esos mismos tertulianos dicen compungidos que siempre les quedará la obra de gobierno. De momento, no les falta razón: la obra de gobierno perdura; si San Luis tuvo cien mil hijos, Jordi Pujol ha tenido más de un millón. Más de dos millones, según los organizadores.

(Publicado en el Quadern de El País, 11-05-17)

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Ochocentistas

En una entrevista emitida hace algunos meses por la televisión autonómica de Cataluña, la diputada de la CUP Anna Gabriel, paseando con mirada nostálgica por el patio de una antigua fábrica, define el progreso como la recuperación de la economía fabril. En otro momento, ante un huerto urbano, acusa al Sistema de haber expulsado a los jóvenes de la tierra y, en nombre de los «planteamientos comunitarios autogestionados», reclama la recuperación de la tierra «para acercarnos más a la lógica de la soberanía alimentaria».

    Hay en la CUP, y también en el colauismo y en general en toda la izquierda radical, un fondo espeso de naturismo, de creencia en un pasado arcádico, de horror ancestral al desarrollo económico, que a veces le aproxima más al comunitarismo místico de un Thoreau y un Tolstoi que no al socialismo moderno. Y, por supuesto, también le aproxima al anarquismo que reinó a caballo de los dos últimos siglos y que, esencialmente, se había incubado en aquellos delirios. Pero los ideales ochocentistas de nuestros días no son exclusivos de la izquierda. Como decía Ortega, todos los fenómenos de una misma época son hermanos uterinos aunque sean enemigos, y así como el anarcocomunismo de hoy procede de los socialistas utópicos del siglo XIX, la extrema derecha que amenaza a Europa y ya gobierna en Estados Unidos se emparenta con los románticos ultraconservadores del mismo periodo. Comprometidos unos y otros con la reacción antiliberal, eran por encima de todo contrarios a la supresión de las barreras comerciales y al advenimiento de la democracia. No debe, pues, extrañarnos que sus descendientes se vean hermanados en las líneas fundamentales de sus respectivos pensamientos: proteccionismo económico, oposición frontal a los tratados de libre comercio, rechazo del proyecto europeo, sustitución de la política por las movilizaciones populares, de la racionalidad por los sentimientos, las creencias y los símbolos. Y también podríamos añadir el proteccionismo moral, que aun apuntando en cada facción a manías distintas ―en algunos casos más coincidentes de lo que suele pensarse―, responde a una misma mentalidad. No sé si todas estas analogías podrían explicar que, según las encuestas, un 25 por ciento de los votantes del socialista radical Mélenchon se inclinaría por Le Pen en la segunda vuelta de las presidenciales francesas, pero es un dato que hay que tomar en cuenta.

    Como sus antecesores, los ochocentistas del siglo XXI se amparan en la voluntad popular. La pretensión de que el apoyo del pueblo ―escenificado a menudo con agitaciones callejeras― es la última instancia de una democracia lleva años pugnando por deslegitimar el Estado de Derecho. Guiados también por vientos del mil ochocientos, algunos guardianes del Procés invocan con devoción la fidelidad a la tribu. Tribu es la palabra clave que, en el pensamiento de Popper, define la sociedad cerrada.

(Publicado en el Quadern de El País, 09-03-17)

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