La obra de gobierno

Durante la precampaña de las elecciones al Parlamento de Cataluña del año 2003, el programa matinal de Catalunya Ràdio preguntó a la audiencia quién sería el mejor sucesor de Jordi Pujol,  si Artur Mas o si Pasqual Maragall. Debieron de ser muchos los oyentes que se apresuraron a marcar el número de la emisora, pero yo solo recuerdo una llamada: la de una señora de voz ganchuda que se exclamaba nerviosamente por la impertinencia de la pregunta; la buena mujer veía tan claro como el agua que, antes que a los dos candidatos aludidos, el derecho de sucesión correspondía al hijo del patriarca, y su comentario se dejó oír sin que suscitase reacción alguna ni del conductor del programa ni de ningún otro oyente. A fin de cuentas, aquella señora no hacía más que reclamar, quién sabe si por disponer de información privilegiada, lo que ya figuraba desde hacía tiempo en los planes de la familia: como una auténtica María Cristina, Artur Mas había sido llamado a ser el regente que guardaría el trono a Oriol Pujol hasta que este hubiera madurado lo suficiente para ocuparlo.

            Vistas las circunstancias, no tiene nada de particular que, después de la toma de posesión de Pasqual Maragall como nuevo presidente de la Generalitat, Marta Ferrusola dijese que se había sentido como si les hubieran entrado a robar en su casa. Ahora que todo parece indicar que los ladrones no eran los que entraban sino los que salían, el símil del latrocinio cobra un valor inesperado, pero si lo que quería decir la primera dama era que los nuevos inquilinos del palau de la Generalitat llegaban para destruir la obra de gobierno del patriarca, no podía estar más equivocada. Josep-Lluís Carod Rovira, vigilante de los pasos de un Maragall que ya empezaba a encontrarse en horas bajas, no tenía otra intención que la de acelerar el proceso pujolista, el cual nunca había consistido en otra cosa que en la transformación gradual del país de los catalanes en un enorme campo de pastura.

            En las tertulias de las radios y las televisiones catalanas, suele haber alguien dispuesto a recordar con insistencia que en 2012 fue el pueblo de Cataluña el que, por reacción espontánea, tomó posesión del campo, y que el regente, impresionado por las legiones de catalanes que tomaban la iniciativa, no tuvo más remedio que dejar de ser María Cristina para convertirse en Moisés. El pueblo sabe de derecho, de economía, de historia y de sociolingüística y, en función de tales saberes, toma una decisión soberana. Ahora, cuando cada vez parece más probable que los Pujol Ferrusola constituían una banda criminal, esos mismos tertulianos dicen compungidos que siempre les quedará la obra de gobierno. De momento, no les falta razón: la obra de gobierno perdura; si San Luis tuvo cien mil hijos, Jordi Pujol ha tenido más de un millón. Más de dos millones, según los organizadores.

(Publicado en el Quadern de El País, 11-05-17)

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