El ogro del presidente

Ya había decidido que no escribiría una sola línea sobre el caso inaudito de Alfons Quintà, cuando ciertos artículos aparecidos en la prensa con motivo del horrendo desenlace con el que se coronó una vida llena de absurdas maldades me han inclinado a ofrecer mi punto de vista sobre un hombre a cuyas órdenes trabajé en los inicios de TV3, la televisión autonómica de Cataluña, y de quien recibí, con prolongada insistencia, toda clase de insultos y amenazas de muerte por haber defendido una aspirante a locutora que él acababa de despedir con falsas justificaciones. Pero lo que quiero poner de manifiesto en esta columna no es una experiencia personal sino las circunstancias en las que Alfons Quintà ejerció el poder que le confiaba y le protegía la presidencia de la Generalitat.

            Como el lector probablemente no ignora, Quintà fue nombrado director de TV3 poco después de haber publicado en El País una serie de crónicas políticas en las que atacaba al gobierno de Convergència i Unió y aludía a las presuntas irregularidades cometidas en la gestión de Banca Catalana, la entidad financiera fundada y presidida por la familia Pujol, y cuya bancarrota costó al Estado 345.000 millones de pesetas. El episodio tuvo sus puntos fuertes en la presentación de una querella contra el presidente de la Generalitat, la retirada posterior de esa querella y la adhesión de una multitud enorme de catalanes a un presidente en quien el fantasma de la nación catalana ya se había encarnado de forma solemne y duradera. La oposición no se interesó nunca por los motivos que condujeron a Jordi Pujol a confiar su principal aparato de propaganda al hombre que, pocos días antes, era su enemigo número uno.

            Habiendo tomado posesión de su despacho, con la indiferencia o el concurso de otros cargos directivos, no tardaría en humillar y acosar sin tregua a sus atemorizados empleados. Por la manera que tenía de mirar y gesticular, por sus constantes cambios de humor y sus comentarios despectivos, procaces, intimidadores, ya entendías al momento que te encontrabas ante una mente perturbada. Y cuando no había más remedio que almorzar con él, ya sabías que toda esa personalidad la escenificaría con la boca llena de la comida que, directamente con los dedos, iría tomando de tu plato. Que era un psicópata, no lo dudaba casi nadie, pero todo el mundo procuraba disimularlo. Se lo advertí a un alto cargo de los medios de comunicación de la Generalitat −actualmente imputado en un caso de corrupción− y, en el más puro estilo convergente, me respondió que me haría el favor de hacer como que no me había oído. Nombrándole director de TV3, Pujol compró el silencio de Quintà y, por el mismo precio, adquirió un ogro a su servicio. Ahora, los que durante años hicieron del pujolismo su unidad de destino se preguntan cómo es posible que todo esto no lo denunciase nadie.

(Publicado en el Quadern de El País, 12-01-17)

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The Boss

Con el título de My Mission to Spain, el diplomático y escritor norteamericano Claude G. Bowers publicó en el año 1954 en Nueva York un libro de memorias en el que dejaba constancia de sus experiencias como embajador de Estados Unidos en Madrid entre 1933 y 1939. Ese libro, que nunca vio la luz en edición española, resulta de un interés excepcional, pues Bowers tuvo un trato personal muy intenso con los principales actores políticos de la República y de ellos supo trazar excelentes retratos en una prosa de estilo sobrio, con juicios claros y oportunos, y eficazmente poética en más de un pasaje.

            Bowers no dispuso de muchos meses para conocer a Azaña, pero desde el primer momento apreció sus virtudes intelectuales y humanas, y cuando en otoño de 1933 fue sustituido por Lerroux en la presidencia del gobierno, percibió a primera vista todo lo que se perdía en el cambio. Y así escribe que, tras haber visto desde la puerta entornada del despacho presidencial cómo el nuevo mandatario se dejaba rodear por una cuadrilla de vociferantes subordinados, ansiosos de arañar un cargo en el nuevo gobierno, entendió cuál era la diferencia entre Azaña y Lerroux: el primero era un hombre de Estado y el segundo, un jefe. La palabra que usa Bowers en inglés es boss, que también podríamos traducir por amo, cacique o patrón. Cualquiera podría servir, en un momento dado, para designar cierta manera de concebirse como político. Incluso milhombres, el calificativo que Josep Pla —siempre en busca del adjetivo preciso— eligió en los años setenta para describir las maneras autoritarias y presumidas de un Jordi Pujol que aún no había llegado a la presidencia de la Generalitat.

            El anatema del lerrouxismo ha servido al nacionalismo catalán como un arma oxidada para negar toda legitimidad a cualquier proyecto político que haya representado una amenaza, por pequeña que fuera, a su voluntad de poder. Pujol la manejó con empeño para coser la boca a los socialistas antes de que estos aprendieran a cosérsela por sí mismos, y después no ha habido dirigente de CDC o de ERC que no la haya usado hasta la náusea. Ahora bien, el personaje de Lerroux presenta más de un perfil y, si el juego consiste en señalar a los políticos contemporáneos que más se le pueden parecer, no creo que el propio Pujol sea precisamente de los menos indicados. Es cierto que Pujol no ha trabajado nunca, que se sepa, de crupier de casino, ni ha repartido mamporros en la puerta de un local, ni se ha paseado por las calles vestido de dandi —tres cosas que Lerroux practicó con toda diligencia antes de convertirse en presidente del Consejo de Ministros—, pero lo que no ofrece ninguna duda es que ese hombre al que muchos tomaron por un hombre de Estado pertenecía claramente a la categoría de los jefes. Pla, Tarradellas, y cualquier persona que no se hubiese dejado embelesar por la fascinación que la ordinariez del líder causaba en ciertos sectores de la sociedad catalana, supieron verlo desde el primer momento, con la misma precisión con la que Bowers lo captara en Lerroux. Es solamente porque era un jefe, y no porque tuviese un pacto con el Estado que le permitiera alargar la mano a cambio de desactivar los sueños independentistas de los catalanes —como ahora pretenden los que se han pasado décadas imitando sus palabras y sus gestos—, por lo que durante tantos años pudo hacer todo lo que le vino en gana.

(Publicado en el Quadern de El País, 11-03-15)

 

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Un trato de lengua idiota

Pocas cosas exaltan tanto la indignación instintiva de la buena gente como el uso de un nombre propio, de persona o lugar, en una forma distinta de la que han decidido la suposición personal o las falsas ideas sobre el mundo que con tanta prodigalidad difunden las escuelas y los medios de comunicación. En las aulas universitarias, en esos tiempos nuestros en que los estudiantes toleran mal que los profesores se desvíen un milímetro de los prejuicios vigentes y algunos así lo hacen saber en voz alta sin la menor noción de lo que representa la autoridad académica, basta por ejemplo que un texto en castellano se refiera a Ramon Llull en la forma tradicional Raimundo Lulio para que salte inmediatamente un espontáneo dispuesto a proferir acusaciones de catalanofobia contra el autor del texto. Si el profesor es hombre paciente hará una pausa para respirar hondo y le responderá con amabilidad que Raimundo Lulio deriva de Raymundus Lullius, nombre con el que el filósofo mallorquín firmaba sus obras latinas, y que en francés es conocido como Raymond Lulle y en inglés como Raymond Lully. En general, ninguna de esas razones logrará tener incidencia en la mente del espontáneo, que muy probablemente responderá: «Pero a mí me han dicho que los nombres propios no se traducen». El profesor, armándose de paciencia, replicará entonces que esa tendencia, que sin duda es la que sigue la costumbre contemporánea, aun cuando no deja de presentar notables excepciones (como es en general el caso de reyes, príncipes, papas y emperadores), no siempre ha constituido una norma, y que antiguamente era habitual traducir a las diversas lenguas los nombres de fama universal. Llegados a este punto, a los estudiantes no les quedará otro remedio que aceptar el dictamen del profesor, pero tal vez lo hagan con aires de contrariedad, y puede que algunos le miren con el recelo del que no acaba de estar seguro de si la persona que tiene ante sí merece su confianza.

        La discusión sobre la legitimidad de traducir los nombres propios puede dar lugar, en el aula o en la calle, a situaciones aún más desmoralizadoras cuando el objeto de disputa no son los nombres de persona sino los topónimos. Mejor no sacar el tema. Por la época de la Transición, al catalanismo se le metió en la cabeza que los nombres de los municipios de Cataluña debían ser dichos siempre en catalán aunque uno se refiriera a ellos en castellano o en cualquier otra lengua que tuviese un equivalente propio del topónimo en cuestión. El 2 de junio de 1983, Juan Benet publicó un artículo en el diario El País en el que se mofaba de la grafía del título de una exposición que la Generalitat presentaba en Madrid por aquellas fechas: Catalunya en la España moderna. La perplejidad que manifiesta Benet y el hecho de que los carteles de la exposición, con ese Catalunya con ny, pudieran verse en Madrid con toda normalidad nos indican que a inicios de los 80 la exigencia catalanista de obligar a mantener los topónimos catalanes en la forma original ya debía de haber empezado a reinar en los territorios de la corrección política.

        En virtud de la ridícula habilidad de las ideologías victimistas para convertir en un agravio intolerable la oposición a cualquiera de sus ideas peregrinas, no cumplir con esa exigencia pronto se consideró ofensivo, y ya fuera por el deseo de contemporizar o por la salvaguarda de determinados intereses políticos, lo cierto es que decir y escribir en castellano Girona y Lleida no tardó mucho en convertirse en uno de los valores oficiales del progresismo. Al mismo tiempo, los medios de comunicación nacionalistas continuaban diciendo y escribiendo Conca (por Cuenca) y Lleó (por León), como corresponde en lengua catalana, e imponían denominaciones tan absurdas como Reial Madrid. En consecuencia, lo que reclamaban y siguen reclamando para el catalán los nacionalistas y los que se avienen a todas sus pueriles pretensiones es un trato diferenciado, un trato de lengua idiota, por decirlo de manera clara y justa. A ningún inglés se le ocurrirá exigir que, a Londres, se le llame London en todos los idiomas del mundo; a ningún holandés se le ocurrirá exigir que a La Haya se le llame Den Haag en todos los idiomas del mundo. Los catalanes nacionalistas sí consideran intolerable que, hablando en castellano, a Gerona se le llame Gerona.

        Hace años que la exigencia de no traducir los topónimos catalanes al castellano me llama la atención como un síntoma importante de ese deseo vehemente de los nacionalistas de convertir la cultura catalana en un fenómeno grotesco. Volví a pensar en ello al escuchar cómo en el discurso de la coronación el rey Felipe VI se refería a su condición de príncipe de Girona. Arcadi Espada aludió a ese pasaje en su análisis del discurso real publicado en El Mundo este 20 de junio:

«La adulación lingüística, por cierto, tuvo también un momento casi gracioso cuando el Rey Felipe habló del Príncipe de Girona. Bien: no solo resulta inconveniente dejar sin traducir los topónimos cuando puede hacerse (que es siempre con los topónimos relevantes y no con las aldeíllas). Es, además, una muestra de afecto. Recíproca. Con la comunidad lingüística del topónimo original y con la del topónimo traducido».

        Lo último que persiguen los nacionalistas es el afecto, el respeto, y precisamente por eso, si Felipe VI hubiese dicho Gerona en lugar de Girona, habría desencadenado las furias de millones de feligreses. Seguro que los políticos y los tertulianos del régimen esperaban con ansia que ocurriera algo semejante. La Corona no lo tiene fácil.

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Los vientos que soplan

La letra de Blowin’ in the Wind, de Bob Dylan, es una síntesis perfecta de los insulsos sentimientos que la juventud de los años sesenta hizo pasar por ideas avanzadas, con un éxito tan formidable que, cincuenta años más tarde, siguen siendo el alimento intelectual básico del malestar popular con el Sistema. Buena parte de las letras de las canciones de Bob Dylan beben de las fuentes del Antiguo Testamento, y a veces el rumor de las aguas bíblicas las elevan a cierta altura poética, pero no es el caso de Blowin’ in the Wind, tal vez la más conocida de sus canciones; Blowin’ in the Wind está impregnada de cristianismo, pero de un cristianismo flácido, más de beata que de profeta. No es extraño, pues, que haya sido uno de los productos de los sesenta que más han contribuido a modelar las ideas fijas del progresismo catalán, que desde sus orígenes siempre ha tenido un pie en el socialismo y otro en las catequesis. La afirmación no es exagerada: durante más de una década, Blowin’ in the Wind sonaba y resonaba en los trenes y los autocares que transportaban excursionistas, y en los centros parroquiales donde los excursionistas pasaban las tardes del sábado y el domingo en que, por un motivo u otro, se quedaban sin excursión. Sonaba en versión catalana, con unos acordes mal rascados y una melodía más relamida y alegre que la del original, como si estuviese pensada para cantar en grupo a ritmo de hola y con los codos entrelazados. Sin embargo, la diferencia más sustancial entre la canción de Dylan y el himno progresista y encatalanado que la suplantaba se encuentra en la letra, y muy especialmente en los dos primeros versos. La versión inglesa dice así:

How many roads must the man walk down
Before you call him a man?

Mientras que la catalana coge este aire:

Per quants carrers l’home haurà de passar
abans que se’l vulgui escoltar?

        La letra de Dylan —hay que leerla entera— proclama, entre otras cosas, que el hombre no llegará a ser hombre hasta que no haya dejado de disparar balas de cañón, hasta que no tenga oídos para escuchar el llanto de los otros hombres; hasta que en verdad no vea el cielo cuando alce su mirada, y hasta que la paloma de la paz no pueda descansar finalmente en una playa después de atravesar mares y mares. De semejante tenor eran y son todas las letras de las canciones de protesta, de modo que ya ven cómo hay que ser para dejarse poner la piel de gallina al escucharlas. A pesar de todo, hay que conceder que el concepto del hombre que tiene el joven Dylan comporta, por lo menos, la idea del camino de perfección, una idea muy loable por el buen deseo que la anima y que tal vez sea más cristiana que izquierdista, pero que también se halla en el fundamento de todas las utopías políticas, de derechas o de izquierdas, que hicieron caer tantas bombas en el siglo XX: la implacable transformación del hombre en el hombre nuevo. Ahora bien —y la distinción es muy importante—, en la visión judeocristiana de Dylan, el hombre debe perfeccionarse por si solo, siguiendo su propio camino, pero solo el viento sabe cuándo será capaz de hacerlo, y francamente tranquiliza mucho que sea el viento, o Dios, y no un ideólogo cualquiera el que tenga la respuesta.

        Los dos versos que encabezan la versión catalana de Blowin’ in the Wind transportan, como el lector ya habrá observado, un mensaje diferente al del original, pero guardan con mayor fidelidad las esencias de la izquierda alternativa: el hombre es bueno y sabio por naturaleza; el único problema es que no le quieren escuchar. Si le escucharan se acabarían al instante todas las guerras. En la versión inglesa, el hombre es el culpable; en la catalana, el hombre es la víctima.

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A propósito de Josep Pla

(Publicado en Crónica Global el 23 de abril de 2014)

En este mes de abril, coincidiendo con el trigésimo tercer aniversario de la muerte de Josep Pla, la colección de clásicos de New York Review Books ha publicado The Gray Notebook (El quadern gris) en versión inglesa de Peter Bush. El quadern gris (traducido al castellano por Dionisio Ridruejo y Gloria Ros) es, con toda probabilidad, la obra más importante que ha producido la literatura catalana moderna, y también es —como hace poco escribía Arcadi Espada en El Mundo— el mejor dietario de la literatura española del siglo XX. La aparición de este libro en lengua inglesa y con el sello editorial con el que se presenta quizás le añadirá la consideración que merece como clásico de la literatura universal. Tengo la impresión, hasta donde yo lo puedo valorar, que Bush ha hecho un trabajo eficaz, y que el estilo resultante está a la altura de las circunstancias, aunque la voz característica de Pla —que se conserva casi intacta en castellano y en francés— suene a menudo en inglés con un timbre menos peculiar.

      El quadern gris es una obra de pensamiento que opera más por la vía de la descripción que por la del lenguaje conceptual, es una obra narrativa llena de deliciosos retratos, y es también, y de modo muy notable, una obra de crítica literaria. Los comentarios que Pla hace de los autores de la literatura catalana, con juicios siempre matizados pero en los que no suele faltar nunca la necesidad personal de marcar distancias con los modelos literarios de estos autores, ayudan a reflexionar sobre los fundamentos de la prosa planiana, en la misma medida en que ayudan las comparaciones que establece entre los estilos de Azorín y Pérez de Ayala, las frecuentes alusiones a Baroja o la admiración que siente por los escritos de Ortega; pero para comprender la naturaleza literaria de la obra de Pla aún son más importantes los pasajes que dedica a la literatura universal. Por un motivo u otro, todos esos fragmentos de crítica literaria tienen siempre su punto de interés, pero ninguno resulta tan penetrante como las páginas que dedica a Marcel Proust y que cierran la entrada del 1 de octubre de 1919. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Pla entiende desde el primer momento la estética de Proust y eso le lleva a situar sus propias ambiciones estilísticas muy por encima del realismo. Las lecturas más superficiales de Josep Pla han generalizado el tópico según el cual su ideal literario es la observación y transcripción de la realidad palpable con un lenguaje popular y simple. No creo que nada de eso tenga la más mínima posibilidad de ser cierto. Pla se esfuerza por construir una prosa elevada, tanto en el léxico, que es normal en el sentido de perfectamente culto, sin concesión ninguna a la chabacanería que había impregnado, y vuelve a impregnar, el estilo de tantos autores catalanes, como en la puesta en juego de sus recursos poéticos sobre un ritmo y una sintaxis hábilmente forjados. En sus mejores momentos se puede encontrar en esa prosa —sin perder de vista las proporciones y la distancia entre los dos proyectos literarios— lo que él encuentra en el estilo de Proust: la facultad de superar las pueriles aspiraciones del realismo convencional poniendo de manifiesto «una realidad infinitamente más rica de elementos espirituales y sensibles». La preocupación de Pla por el estilo —preocupación bastante rara en la literatura catalana contemporánea— es uno de sus rasgos más universales, pero no el único.

      He oído decir en numerosas ocasiones —y me parece que incluso lo he visto publicado— que al universalismo solo se puede acceder desde el localismo, y para ejemplificar esa tesis se cita a menudo la obra de Pla. Ahora bien, hay que tener mucha miopía para ver en El quadern gris y en la obra de Pla en su conjunto el más pequeño rastro de localismo, si es que por localismo hay que entender —¿qué otra cosa?— la exaltación de lo local. Pla habla principalmente de sus paisanos, de la gente de Palafrugell y del pequeño Ampurdán —como Flaubert suele hablar de la gente de Rouen, Chéjov de los funcionarios rusos y Faulkner de los habitantes de las tierras del Mississippi—, pero los retratos que hace de ellos, la exposición de las rutinas, las estupideces y las bajas pasiones de la gente que circula por sus páginas apuntan siempre a la condición humana en su estado más general, condición que Pla siempre aceptó como tal y que no por ello dejo de encontrar siempre deplorable.

      La desconfianza de Pla hacia las manías de la gente, su horror a las ideas fijas, a las pasiones descontroladas, a la vanidad gestual, al mimetismo identitario, son cosas que ya sobrevolaban sus primeros escritos narrativos, publicados a partir de 1925, muchos de los cuales —convenientemente reformados— pasarían a integrar su obra de madurez. Esta visión del hombre le viene de una experiencia de vida alimentada constantemente por la lectura de los pensadores moralistas franceses. En El quadern gris habla con devoción de los Ensayos de Montaigne, elogia los Pensamientos de Joubert, alude a Chateaubriand, a La Bruyère, a Renard; aún no se refiere a Pascal, a la Rochefoucauld, a Chamfort, a Sainte-Beuve, como hará en futuras obras, pero la relación que establece Pla desde un principio con esta tradición constituye la espina dorsal de sus dietarios. Y cuando, con 82 años, publica Notes del capvesprol (Notas del crepúsculo, en versión castellana de Xavier Pericay), el mundo que había empezado a explorar desde El quadern gris con la aguda mirada del moralismo francés ya se le manifiesta con toda la crudeza que le ha ofrecido la historia inmediata. Ha visto morir a centenares de millones de personas por la inevitable acción de la estupidez humana, que no encuentra la manera de desarrollar todo su potencial destructivo hasta el invento de las grandes utopías. Como toda persona honrada, Pla había recelado siempre de las ideologías, pero después de la guerra civil y de las dos grandes guerras el asco que le inspiran los ideólogos ya es incomportable. En El hombre del abrigo Valentí Puig ha explicado mejor que nadie el pensamiento de Pla y la transformación que opera en su conciencia la barbarie del siglo, y es un acierto que New York Review Books le haya encargado la introducción de la edición inglesa. «Escribió sobre la tragedia de la vieja Europa —dice Puig en este prefacio—, que pronto sería reducida a escombros, desde la visión privilegiada del hombre que se ha quedado de pie en el andén mientras todo el mundo se sube a uno u otro tren ideológico».

      En estos últimos años, el nacionalismo catalán ha intentado apoderarse de la figura de Josep Pla después de haberla repudiado activamente durante décadas. En el punto álgido del oportunismo delirante se ha llegado a asegurar que ahora sería independentista, y los tertulianos y articulistas afectos al Proceso se han hartado de proclamar, con la risita de conejo de quien cree que sus obsesiones hallan confirmación en los grandes sabios, que «como acostumbraba a decir Josep Pla, lo más parecido a un español de derechas es un español de izquierdas». No soy el primero en señalar la falsedad de tal atribución, pero como sea que la insistencia de quienes se sirven de ella parece no tener límite y, aprovechando que el origen de la manipulación se encuentra en un pasaje de El quadern gris, en concreto en la entrada del 28 de septiembre de 1918, me parece oportuno hacerlo constar una vez más con la esperanza de que tomen buena nota de ello. El padre de Josep Pla, que es el personaje que pronuncia la frase en cuestión, le dice a su hijo. «Piensa que lo que más se parece a un hombre de la izquierda, en este país, es un hombre de la derecha». Es obvio que el señor Pla se refiere al fanatismo ideológico. Es obvio que, en la obra de Pla, el país es el Bajo Ampurdán. Es obvio que el Bajo Ampurdán es, para Josep Pla, una representación del mundo y que Pla habla, como siempre, del hombre en general. Pla es incompatible con el nacionalismo; para darse cuenta solo hay que leerlo.

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La normalización de los pobres

GW1

En ocasiones especiales, muy en particular durante las fiestas navideñas, la sociedad se complace en poner de relieve los principales vicios, manías y perversiones que el resto del año cultiva con mayor modestia y con un estilo más bien rutinario. En las dos primeras categorías podríamos incluir el consumismo, la gula y el ansia de poner adornos y de mandar felicitaciones a propios y extraños, cosas todas ellas que merecen el máximo respeto, pues al fin y al cabo —y por decirlo con un galicismo muy querido por Josep Pla— hacen marchar el comercio. La tercera categoría se distingue de las otras dos por no ser en absoluto productiva. Probablemente habría que incluir en ella los buenos propósitos para el nuevo año y los deseos de paz y felicidad, pero no hay perversión navideña más turbia que la que nos ofrece el uso moralizante de la caridad. La Cruz Roja, en su por lo demás muy loable campaña de recogida de regalos para los niños pobres, recuerda con insistencia que los juguetes que se aporten deben cumplir tres condiciones, la primera de las cuales es, en contraste con las dos que le siguen, perfectamente razonable: los juguetes tienen que ser nuevos, no bélicos y no sexistas. De modo que uno puede comprarle una espada a su hijo, un tanque a su sobrino y un precioso muñeco con toda su canastilla a la niña de unos amigos, pero no puede regalar estas cosas a los niños pobres. Por ser pobres.

            Nada nuevo bajo el sol: el ejercicio de la caridad siempre ha llevado emparejada la purificación de sus beneficiarios, pero en los últimos cincuenta años ha ido pasando lentamente del rancio puritanismo al rancio progresismo y, como ocurriera ya con su antecedente reaccionario, los axiomas que sostienen el nuevo moralismo hace tiempo que han abandonado la secta para constituirse en un valor social indiscutido. Para ello ha sido fundamental el concurso de los expertos, tan hábiles siempre a la hora de reclamar y obtener trato de verdad científica para lo que a ciencia cierta no puede calificarse más que de ofuscación ideológica. Hace mucho que esa clase de mentalidad, que no descansa en todo el año, rige los principios de la educación y los servicios sociales, y encuentra en los medios de comunicación una complacencia imperturbable, pero en Navidades todo se ilumina.

            Decíamos, pues, que en esas fechas la Cruz Roja impone un cordón sanitario para que los juguetes que ellos consideran bélicos y los juguetes que ellos llaman sexistas no contaminen a los niños pobres. Si de algo estoy convencido es de que en la infancia de muchas personas de mi tiempo, en la mía sin ninguna duda, los juegos de guerra con soldados de plástico —los de plomo eran un lujo de generaciones anteriores, y si alguna vez nos caía uno en la mano lo contemplábamos con envidia— ponían en marcha una imaginación narrativa que a menudo no se limitaba al trazado de un argumento simple, sino que llegaba a dotar de un cierto carácter a los personajes que intervenían en la acción. Entre la pasión por esta clase de juego y la pasión por las películas, los cómics y las novelas no hay solución de continuidad. Incluso ahora, cuando leo o cuando escribo, pongo en ello la misma clase de interés que ponía al desplegar soldados por las habitaciones de mi casa de acuerdo con un plan previamente tramado, solo o en compañía de mi hermana o de un amigo. De eso es de lo que la Cruz Roja quiere privar a los niños pobres.

            Por lo que respecta a la exigencia de aportar a la campaña de Reyes juguetes que no sean sexistas, los ideólogos de la beneficencia incurren a mi juicio en un error técnico. El juguete sexista es —si no interpreto mal a los psicopedagogos— el que se destina a un niño o a una niña en razón de su sexo. Siendo así las cosas, el sexismo está en la asignación del juguete y no en el juguete en sí, por lo que no veo nada fácil el cumplimiento de esta condición, teniendo en cuenta que el ciudadano que contribuye a la campaña se limita a adquirir el regalo y depositarlo en uno de los puntos de recogida. En fin, no vamos a meter baza en un asunto que no nos incumbe. Lo que aquí nos llama la atención es que los que ponen la caridad al servicio de sus opiniones morales, además de entender el juego solo como un vehículo de socialización y aprendizaje, parecen suponer que la simulación de guerras, tiroteos y apuñalamientos predispone a la violencia (o incluso que es una de las inclinaciones que hay que sofocar para llegar a la paz universal), y que los juegos de muñecas convierten a las niñas en dóciles amas de casa destinadas al cuidado del hogar y de los hijos. En estos últimos años le ha llegado al juego infantil la misma fatalidad que mucho antes sufrieron la literatura y el arte: su secuestro por parte de los ideólogos.

            En una página web de la Cruz Roja Juventud de Cataluña dedicada a la última campaña de Reyes hallamos la siguiente declaración:

Necesidad de transmitir unos valores adecuados a la infancia más desfavorecida que les enseñen a ser conscientes de sus derechos y de su educación. En este aspecto, el juguete es un medio para conseguir su desarrollo intelectual, afectivo y social de una manera positiva y normalizada. La campaña de juguetes se implica en este sentido mediante la recogida de juguetes nuevos, no bélicos y no sexistas que se encaminan a este colectivo.

            Lamentando tener que dejar aparte, por no entrar en una digresión, el comentario de las heridas mortales que los responsables del texto infligen a la sintaxis, me centraré en la locución adverbial de la cuarta línea, pues revela como un síntoma patognomónico la naturaleza de la enfermedad que la produce. Me refiero, claro está, a la expresión «de una manera positiva y normalizada». No estamos ante unos adjetivos cualesquiera; positivo y normalizado son, por el contrario, los dos faros que han iluminado las últimas operaciones de cretinización a gran escala que se han llevado a cabo en nuestra sociedad. El primero aparece en todos los libros de autoayuda y en todos los manuales de lenguaje políticamente correcto, y también suele utilizarse para descalificar objeciones y reconducir conductas indeseables; cuando algo no es positivo, no puede expresarse sin escándalo. Y en cuanto a normalizar y sus derivados, siempre constituyen el grito de guerra de los nacionalismos cuando se lanzan a aplicar sus proyectos de ingeniería social. Orwell no andaba equivocado en su propuesta de llamar genéricamente «nacionalismo» a todas las ideologías, pues todas parecen dialectos de un mismo idioma.

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Un caso único

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Debo de ser el único escritor de la historia que ha pasado por la extraña situación de verse plagiado por cinco doctores y un licenciado. No tengo prueba documental alguna de ser un caso único en la historia, pero convendrán conmigo que es altamente improbable que alguien, antes que yo, se haya encontrado en tan singular situación.

         El hecho se produjo el sábado 27 de abril de 2013 y lo descubrí de un modo bastante fortuito. Compro la prensa del día para leerla mientras desayuno en una cafetería y, más pendiente del café con leche que de la lectura, hojeo distraídamente un suplemento de La Vanguardia llamado «Estilos de vida» que no recuerdo haber leído nunca antes de ese día. De repente mis ojos se posan en un artículo de divulgación científica que habla de la imitación como «una de las habilidades clave de la especie humana». El tema me interesa enormemente, hasta el punto de que le dediqué mi último libro (Imitació de l’home, La Magrana, 2012), después de haberlo tratado en algunos artículos y en un blog que precedió al libro y que llevaba su mismo título. Me puse a leer con impaciencia lo que tenía ante mis ojos y, al poco, empecé a sentir la extraña sensación de leerme a mí mismo. Primero —aunque solo por unos segundos— creí que el artículo hablaba de mi libro. No tenía por qué hacerlo, por supuesto; pero, siendo La Vanguardia el único diario catalán que no había hablado de él, resultaba verosímil que le dedicara algunas líneas. Lo repaso todo con atención y compruebo que no hay rastro ni de mi nombre ni del título del libro. Cada vez más perplejo por lo que voy descubriendo, localizo frases que me parecen casi idénticas a las mías. Y aquí el casi es  de suma importancia porque revela la artera voluntad de los autores de maquillar ligeramente el texto con la pueril esperanza de conseguir que el plagio pase desapercibido o no se pueda considerar tan plagio. Los que damos clase en la universidad conocemos muy bien esa técnica porque algunos estudiantes —una minoría para ser justos— la dominan de un modo ejemplar.

      Una vez releído el artículo con minuciosa atención, constato que el sorprendente plagio de que he sido objeto se presenta bajo dos modalidades: la de la copia parcial del texto y la de la reelaboración a partir de las mismas ideas y los mismos referentes de la fuente saqueada. La conjunción de los experimentos con chimpancés de Horner y Whiten y del descubrimiento de las neuronas espejo por parte de Giacomo Rizzolatti con las observaciones de Aristóteles, el pensamiento de Witold Gombrowicz o las ideas de Adolfo Bioy Casares constituye una singularidad que es muy improbable que alguien pueda repetir de manera casual, y se da el caso que esos referentes que acabo de citar son parte sustancial de Imitació de l’home y lo son asimismo del artículo de los cinco doctores y el licenciado; titulado, por cierto,  «A nuestra imagen y semejanza».

      Si me preguntaran qué me parece ese artículo construido a imagen y semejanza mía, podría contestar como lo hizo —según refiere Baltasar Gracián— el poeta Gregorio Silvestre hallándose en similar circunstancia: «(…) Cuando leyéndole un versificante una poesía, hurtada dél, como suya; y preguntándole, qué le parecía? Respondió, que me parece». (Agudeza y arte de ingenio, Discurso XXXIII, «De los ingeniosos equívocos»). Ahora bien, el artículo en cuestión se me parece en algunas partes; otras, en cambio, contienen ciertas cosas que yo no diría nunca, lo cual todavía redobla mi grado de indignación, porque los autores del texto se apropian del grueso de mi trabajo para valorar el papel de la imitación en la experiencia humana en un sentido sensiblemente distinto del que tiene en mi libro. Y aún añadiré que mi punto de vista sobre el mundo es el de un escritor, no el de un científico, y que, en consecuencia, el colectivo formado por un biólogo, un neurólogo, un neurocientífico, dos psiquiatras y un psicólogo (cinco doctores y un licenciado) que, con el nombre de «Cervell de sis» («Cerebro de seis»), se apoderan de mis palabras con la pretensión de hacer divulgación científica, cometen un doble fraude: el de plagiarme a mí y el de estafar al lector. No deja de ser extraordinario, por otra parte, que el destino de un libro que habla de la copia haya sido finalmente el de ser copiado.

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Mi primera reacción cuando me encontré ante ese estado de cosas fue la de buscar asistencia legal para presentar una denuncia contra los autores del artículo, y me puse inmediatamente en contacto con un equipo de abogados. Los abogados, después de leer el breve informe que les mandé y de tomar en consideración los pros y los contras de las posibles maneras de actuar que ofrecía el caso, constataron en primer lugar que el plagio era evidente y grave, y me aconsejaron en segundo lugar que antes de emprender una acción judicial intentase llegar a un acuerdo. Ante pruebas tan contundentes cualquier juez me daría la razón, pero entonces la otra parte presentaría recurso y tardaríamos años en tener una sentencia en firme, la cual, cuando llegase, se limitaría a obligar a La Vanguardia a publicarla, y a los autores del artículo, a pagar una indemnización que no sería precisamente para ponerse a saltar de alegría.

      Ante un panorama tan triste, me pareció razonable optar por la vía del acuerdo. ¿En qué iba a consistir ese acuerdo? Pues simplemente en una rectificación pública por parte de los plagiarios,  y yo estaba bien dispuesto a aceptar, por muy lamentable que fuera, que esa rectificación presentase una forma eufemística y vaga, ya que un acuerdo siempre comporta la renuncia a una parte de lo que uno cree en justicia que le corresponde; ahora bien, a cambio de una concesión tan importante como esa, no parecía una pretensión exagerada sugerir a La Vanguardia que, para compensar el mal causado a mi libro, le dedicase un cierto espacio en su suplemento literario o donde los responsables del diario lo consideraran más oportuno.

        Tras intentar localizar durante largo tiempo a los autores del plagio —algunos de esos doctores tienen el mal vicio de parapetarse detrás de una secretaria antipática para evitar toda posibilidad de dar la cara—, mi abogada consiguió hablar finalmente con el doctor David Bueno, que se acabó identificando como el principal responsable de la redacción del texto. Lo que no reconoció el doctor Bueno —célebre genetista de generosa proyección mediática— es que se pudiera hablar de plagio. Tal vez la lectura de Imitació de l’home, que por supuesto le había parecido un libro digno de todos los elogios, había dejado en su cerebro unos rastros inconscientes que después la memoria involuntaria había transformado en frases casi idénticas —recordemos la importancia del casi— a las del libro. El doctor Bueno no lo expresó exactamente en esos términos, pero es la única forma plausible de interpretar sus excusas. Sobre el tipo de sinapsis capaz de producir tales efectos, quizás podrían arrojar alguna luz los neurofisiólogos que firman con él el artículo «A nuestra imagen y semejanza».

        Como se comprenderá, no estaba en manos del doctor Bueno que La Vanguardia se aviniera a publicar alguna pieza periodística relacionada con el libro, de manera que me doblegué a aceptar una carta de disculpa que distaba mucho de reconocer la verdad, con el convencimiento de que La Vanguardia no se podía negar a una demanda tan modesta como la mía. Gran error. Mi abogada enseguida intentó ponerse en contacto con la dirección del diario, y fue a parar al señor Alfredo Abián, que ostenta el cargo de vicedirector. Lo ostenta y supongo que también lo ejerce, pero mucha gente me ha dicho —yo no he tenido nunca el gusto de conocerle— que el hombre se caracteriza por no resolver nunca nada. «Te han puesto una pared», me dijo uno que tuvo con él un trato personal. «No pierdas el tiempo», me dijo otro que daba la impresión de saber muy bien  de que hablaba. El diagnóstico del personaje es coincidente con el retrato que hace de él Ramón de España en El manicomio catalán, un libro que de paso me permito recomendar vivamente al lector. Abián, sin comprometerse a nada, no negó la posibilidad de atender mi demanda. Después, como todos los hombres importantes, dejó de ponerse al teléfono.

         Yo llegué a un acuerdo verbal con el doctor Bueno y él cumplió su parte. Me vería obligado —por una cuestión de honor, no por motivos legales— a respetar los términos de ese acuerdo, que yo entiendo que son los de no presentar denuncia contra él a cambio de la publicación de su carta de disculpa, si no fuese porque la cosa no acaba ahí. Se da la circunstancia de que el doctor Bueno ha mantenido colgado el artículo que plagia descaradamente mi libro en el espacio personal de que dispone en la web de la Universidad de Barcelona. Mientras tanto, en Harvard y en otras universidades del mundo, los estudiantes que cometen un plagio son inmediatamente expulsados. Sin haber adoptado de momento medidas tan drásticas, en los centros universitarios de este país hay cada vez más conciencia de la necesidad de endurecer las sanciones contra esa práctica fraudulenta que La Vanguardia, el doctor Bueno y los otros científicos que le acompañan parecen considerar perfectamente normal.

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