La marquesa y los otros

La marquesa de Citri, un personaje de carácter atrabiliario que aparece brevemente en las páginas de Sodoma y Gomorra, el libro cuarto de En busca del tiempo perdido, sufre el desasosiego de observar en las otras personas presuntos defectos que ella encuentra insoportables y que no puede dejar de señalar con vehemencia. Esa obsesión, lejos de estar motivada por defectos objetivos y concretos, parece más bien responder en todos los casos a las absurdas percepciones de su imaginación neurótica. Todos hemos conocido personas afectadas por este mal del espíritu, y puede que algunos de nosotros lo hayamos padecido en ocasiones de un modo más benigno que el que describe Proust a propósito de la marquesa, a quien todo le provoca irritación: desde el estilo de vida de sus conocidos hasta la música de Beethoven. Por un motivo u otro, todo el mundo le parece estúpido y ese es probablemente el signo más claro de la mayor estupidez. “Un hombre de gran talento —escribe el narrador de la Recherche— prestará por lo común menos atención que un necio a la necedad del prójimo”.

      Ahora bien, uno de los hombres de más talento de las letras francesas, Gustave Flaubert, dedicó una buena parte de su vida a explorar y cartografiar sin contradicción los inalcanzables caminos de la estupidez humana, y el mismo Proust, que admiraba profundamente al autor de La educación sentimental, no renunció tampoco a un tema que ha constituido desde el renacimiento uno de los grandes centros de interés de la literatura. Pero se trata de una clase de estupidez muy distinta de la que obsesiona a la marquesa de Citri. Mientras esta última, fantasmagórica y banal, es proyectada por un carácter neurótico y, cuando es auténtica, afecta solo a las costumbres y las inclinaciones particulares, la otra, la que impresionaba a Flaubert por su afán de mortificación, ha constituido a lo largo de los siglos la fuerza más temible de la experiencia humana. Y así como distinguimos el crimen organizado de los actos viles engendrados por la pasión de un individuo, así también debemos distinguir la estupidez organizada, que es ahora el signo de nuestro tiempo, de la inocua necedad de todos los días. Construida socialmente con absurdas consignas ideológicas que los medios del siglo XXI inoculan con eficacia en los espíritus más inclinados al mimetismo, la estupidez organizada ya ha empezado a tomar posesión de cátedras y tribunas que el conocimiento y la prudencia habían edificado con una paciencia de siglos para proteger a los hombres de la furia incesante de los prejuicios. Antes solo quería conquistar el poder, ahora también quiere suplantar el saber.

(Publicado en Quadern de El País, 17-10-2019)

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