Los años que vinieron

En esta segunda década del siglo XXI, se han hecho esfuerzos considerables por definir el neologismo posverdad y explicarse la energía con que el fenómeno al que se refiere ha colonizado amplios sectores de la política y el periodismo. Pero el culto popular a la posverdad —la actitud de quien piensa que la falsedad de los hechos en los que se basa una opinión no es motivo para renunciar a ella, y que incluso considera un derecho desestimar razonamientos y evidencias— no es sino una consecuencia necesaria de la sociedad de la hiperimitación en la que nos hallamos cada vez más atrapados. En tal situación, la palabra sirve más para representar que para razonar y, juntamente con la entonación, los gestos, los vestidos y la mímica facial, ofrece y capta los rasgos de una identidad grupal. El éxito del pujolismo se puede calibrar, más que por los votos, que siempre pueden ser circunstanciales, por la capacidad del presidente de transferir su personalidad —vicios gestuales, inflexiones de voz— a una amplia legión de diputados, regidores, funcionarios, periodistas, organizadores de fiestas locales y personas de oficios diversos. El grado de mimetismo que es capaz de generar un líder político debería ser un indicador privilegiado de la calidad democrática de su proyecto. La correspondencia siempre se da.

        Del impresionante asunto de la imitación y de las consecuencias que tiene en los diversos órdenes de la vida social y política, se ocupó Rafael Sánchez Ferlosio en diversos pasajes de su obra ensayística, mucho antes de que el fenómeno —en virtud de las nuevas ofertas de comunicación digital— adquiriese la expansión voraz que ahora le conocemos. En un libro de aforismos y otros pensamientos que lleva por título Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993), opone la moral de perfección a la de identidad. En la primera, el sujeto aspira a mejorar constantemente su propia condición moral; en la segunda, se complace en mantenerla inalterable. Ferlosio, que califica de abyecta esa segunda actitud, sabe que la materia prima de la identidad son las convicciones, y observa que las convicciones —los centenares de millones de muertos en conflictos ideológicos del siglo XX lo proclaman sin apelación— son la causa de la máxima crueldad de que es capaz el ser humano. Que se manifiesten en un estado de difícil pero pacífica convivencia no les convierte en un beneficio social, y aun menos —como algunos se complacen en repetir— en un valor moral. “Sólo hay unos cuantos tipos de persona, y cada cual desea ser reconocido por aquellos a los que pertenece. Esta es la única función de las ideologías; y las ideas, encerradas en paquetes tales, se ven supeditadas a ese único y tristísimo papel” —escribe Ferlosio de modo irrevocable en el libro que augura los años que vinieron.

(Publicado en Quadern de El País, 02-05-19)

 

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