Conciencia democrática

Dice Juan Benet, en unas consideraciones pedagógicas al final del ensayo Sobre el carácter tétrico de la historia, que la gran virtud cultural de la conciencia democrática proviene del reconocimiento de una cierta paridad de cada hombre con sus semejantes, siendo como es lo único que le permite separarse de ellos, liberarse de la masa, individualizarse. El elitismo cultural —tan vilipendiado por el cada vez peor entendido ideal de igualdad— es, en consecuencia, parte consustancial de la conciencia democrática, pues es esta la que ampara el derecho a pensar como individuo, al abrigo de las exigencias del poder y los prejuicios de las multitudes, fuerzas que en el modelo de sociedad igualitarista que impera en nuestro tiempo han acabado por fusionarse con una perfecta coincidencia de los trazos.

        Tocqueville fue el primero en advertir el problema: la tiranía de la opinión pública —ese magma de simplificaciones, falsedades, sentimientos y furias que ocupa hasta la saturación el espacio de la verdad— es el alimento y el veneno del orden democrático, el cual nunca puede dejar de hacer equilibrios sobre esta paradoja. Porque a la opinión pública se le asigna el lugar del pensamiento y se le atribuyen todas las facultades de este: conocimiento, análisis, racionalidad, decisión. De la consagración de semejante equívoco vienen todos los males del siglo. En The Closing of the American Mind (1987) Allan Bloom identificó los elementos que en la década de los 80 ya habían erosionado la democracia liberal en Estados Unidos: el igualitarismo, el relativismo, los movimientos identitarios, el prestigio decadente de las humanidades, la sustitución de la cultura por las emociones y el entretenimiento, la revisión ideológica del pasado concebida como un ataque frontal a la tradición cultural de Occidente. Son plagas que se han vigorizado y se han extendido favorecidas por la caída del comunismo, hacia finales del siglo XX, y la crisis económica de 2008. Ahora que las consecuencias últimas de esa corrupción de la conciencia democrática —largamente advertida por todos sus pensadores— se dejan ver más de cerca, nos conviene leer The Closing of the American Mind para entender mejor de dónde vienen. Partiendo de las observaciones de Tocqueville, según las cuales el gran peligro de la democracia es el de constituir una sociedad esclavizada por la opinión pública, Bloom advierte a la Universidad que no puede renunciar a su función primordial: la de formar personas racionales capaces de combatir los delirios de la sociedad. En la introducción del libro ya ha proclamado que un profesor de verdad sabe que su misión consiste en ayudar a sus alumnos a luchar contra las fuerzas deformadoras de las convenciones y los prejuicios. Pero no debemos hacernos demasiadas ilusiones: la Universidad, como el periodismo, ya es en gran medida un territorio conquistado.

(Publicado en Quadern de El País, 20-12-18)

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