Logos

Cada vez hay más estudiantes que llegan a la universidad —las excepciones siempre son muy notables— con un desinterés manifiesto por la lectura y la escritura. Desdeñan la lógica sintáctica, el rigor léxico, la precisión del adjetivo; no entienden la subordinación, y menos aún la digresión, la cohesión, el ritmo. Ni lo entienden ni ven la necesidad de entenderlo: la complejidad no forma parte de sus intereses, y el dominio de la lengua escrita no se ve como el alimento, el motor y la mecánica de todo lo que se puede aprender y valorar, sino como un obstáculo académico que, siempre que sea posible, hay que intentar esquivar.

      La renuncia al conocimiento profundo de la lengua, a la articulación de un pensamiento capaz de elevarse por encima de las ideas adquiridas, explica también la falta de interés por la filosofía, la literatura o la historia, lo cual no impide a los afectados emitir juicios éticos y estéticos, e indignarse por las relaciones de poder establecidas por el heteropatriarcado desde el Neolítico. Del mismo modo, la ignorancia del derecho —de la naturaleza, las condiciones y la práctica del derecho— no impide, antes bien estimula, la militancia política desaforada; y la ignorancia de la ciencia —de la fiabilidad exclusiva del método científico— crea adeptos a las medicinas alternativas, la lucha contra las vacunas y los transgénicos, y las teorías de la conspiración. Además de saber leer y escribir con un cierto decoro, los estudiantes deberían acabar el bachillerato con una noción inequívoca de qué es el derecho y qué es la ciencia. La mayoría no van a ser juristas, pero todos deberían saber qué es la separación de poderes, quién hace las leyes, qué garantías tienen los procedimientos judiciales, qué conocimientos se precisan para valorar una sentencia, y tal vez así no dirían —como los políticos a los que admiran— que la ley, cuando es injusta, no se debe cumplir. Muchos no van a ser científicos, pero todos tendrían que saber que lo que distingue la ciencia de la pseudociencia es que la primera llega a sus conclusiones siguiendo un método que excluye hasta donde es posible el fraude y el autoengaño y garantiza de este modo el rigor de los resultados obtenidos.

          La creciente infantilización de la política que corroe el mundo occidental no se habría producido sin la crisis económica —de ahí surgen el 15M, con todo su empoderamiento neocomunista, y todos los populismos que nos amenazan—, pero todo eso ha crecido en paralelo al desprecio de la cultura de la lengua escrita, y vive de una ignorancia que las facultades ya acogen sin la menor alarma. Es natural: como observa Roger Scruton, “la libertad académica es cosa del pasado. Lo que se espera del estudiante, en muchos cursos de humanidades y ciencias sociales, es conformidad ideológica y no valoración crítica, y la censura se ha acabado aceptando como parte legítima de la vida académica”.

(Publicado en el Quadern de El País, 27-08-18)

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