Lo que se dice y lo que pasa (2)

En Crise de vers, Mallarmé pone de manifiesto la naturaleza del fenómeno poético. Con referencia al verso libre, al derecho a seguir designando como versos las líneas de prosa de un poema sin rima ni medida, dice que “la forma llamada verso no es en sí misma otra cosa que la literatura: que hay verso desde el momento en que se acentúa la dicción, ritmo desde que hay estilo.” (OC, La Pléiade, p. 361) Podríamos añadir que todo lo que reconocemos como literatura posee en una cierta proporción los atributos del verso. Es decir, las partes que componen lo que se entiende por discurso literario forman siempre, mediante uno u otro procedimiento, un conjunto armónico. La armonía puede surgir de la métrica del verso, la regularidad de las estrofas y los acentos, las aliteraciones, la rima; pero también puede surgir de otras formas de simetría o contraste con escasa o nula regulación prosódica.

Después del simbolismo, la voluntad de extender los dominios poéticos más allá, ya no de la estructura tradicional del poema, sino incluso del lenguaje verbal conduce en poco tiempo al uso del adjetivo poético para designar otras manifestaciones del espíritu humano alejadas de la literatura, y así se habla habitualmente de fotografía poética o de cine poético. Es bien sabido que, a partir de un determinado momento, este uso pasa a ser un abuso, y poético se utiliza como un sello de moderna distinción que tanto se puede aplicar a las artes plásticas como a un futbolista o un cocinero. A poesía le ha ocurrido lo mismo que a arte y a cultura. Actualmente ya son palabras que, a fuerza de aplicarse a cualquier cosa, se han visto desgastadas en su significación.

Ahora bien, cuando el uso del término no es abusivo, cuando realmente expresa la manifestación de una parte esencial del fenómeno poético fuera de los límites naturales del verso y aun del verbo, no solo parece adecuado sino que todavía ayuda a clarificar las cosas. Porque la poesía se alimenta de ritmo, de la trama sonora de las aliteraciones y los acentos, pero también se alimenta de la autonomía del lenguaje que pone en juego, y siempre que hallamos esta autonomía, ya sea en el lenguaje verbal o en el visual, tenemos derecho a decir que reconocemos en ella el fenómeno poético. Es éste un segundo principio que Mallarme enuncia en Crise de vers cuando dice que la literatura no se refiere a la realidad de las cosas más que para distraer una cualidad que se incorporará a una idea (p. 366). La conciencia vive más de sensaciones que de conceptos, y las sensaciones que recibimos de la experiencia son como una combinación de ingredientes que pueden formar parte de realidades diversas. En los sueños, esa actividad de la conciencia se revela en toda su plenitud, y es por esta razón que también encontramos poéticos los sueños, porque, como la experiencia onírica, el lenguaje poético —la literatura— alude a los objetos del mundo exterior únicamente para apropiarse de ellos —distraer sus cualidades— y crear con ellas un mundo de sensaciones independiente de la realidad de las cosas. De este modo, con la autonomía del lenguaje, la literatura —como el sueño— desborda los límites referenciales, comunicativos, comerciales, del habla para constituirse en una finalidad en sí misma. No pertenece a la categoría de lo que se dice sino a la de lo que pasa. Mallarmé lo expone con un bello símil. “La obra pura implica la desaparición elocutoria del poeta, que cede la iniciativa a las palabras, movilizadas por el choque de su desigualdad; se iluminan con reflejos recíprocos como un rastro de fuego virtual sobre unas piedras preciosas, sustituyendo la respiración perceptible en el antiguo aliento poético o la dirección personal entusiasta de la frase.” (p. 366)

Mallarmé se refiere, como acabamos de leer, a la “obra pura”. Es rara la obra literaria que solo está constituída por lenguaje poético en estado puro, pero aún es más rara la obra que no contiene una dosis esencial de lenguaje poético puro; tan rara es esta última, que ni siquiera podemos decir que le convega el nombre de obra literaria. Aunque él nunca lo formuló así, tal vez podríamos decir que para Mallarmé la poesía será pura o no será: se pregunta qué se saca con transponer al juego del lenguaje un hecho de la naturaleza en su contingencia (“en sa presque disparition vibratoire“) si no es para hacer que de él surja la noción pura sin el impedimento de un recuerdo —es decir, de un concepto— próximo o concreto (p. 368). Mallarmé presenta, pues, una visión platónica del lenguaje poético, pero en su caso se trata de un platonismo auténtico, del que ve en el eîdos no una idea externa a la vibración de los objetos sino el rastro de fuego que enlaza las piedras preciosas.

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