Lo que se dice y lo que pasa (1)

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Kandinsky, Composición IV

Como todo lo que atrae, el arte y la poesía conservan siempre una parte de misterio. A veces el misterio no es más que un enigma que se puede acabar resolviendo; pero también puede ocurrir que se nos resista y no consigamos nunca arrancarle el velo. Ahora bien, el valor de una obra no depende en absoluto de las posibilidades que ofrece de ser comprendida en uno u otro grado, y digo comprendida en el sentido de reducida a un lenguaje vulgar, a una lógica compatible con la de la existencia cotidiana —a la humanidad común, diría Juan Ferraté—, pero tal vez podríamos aceptar que la emoción que puede proporcionar el solo hecho de contemplar una pintura, leer un poema, escuchar una música —sin necesidad de captar o de tan siquiera preguntarse por su significado— ya es una forma de comprensión plenamente satisfactoria; en realidad es la única a la que nos es dado acceder en un número muy considerable de obras sin las cuales la vida se haría menos comprensible.

Parece, por ejemplo, bastante inútil preguntarse por el significado de los óleos de la serie titulada Composiciones, de Vasili Kandinsky, o de una obra de Schoenberg o de Britten (o de cualquier compositor previo o posterior a la atonalidad, porque en rigor la música no ha constituido nunca un lenguaje referencial). Y, suponiendo que esas creaciones encripten un significado razonable, es aún más inútil atribuir a ese significado el poder de dotarlas de un esplendor que no poseían antes de que aquel fuese proclamado. Ahora bien, todo el que siente la atracción de esas obras o de otras de similares características no deja de experimentar un interés, una inquietud o una viva excitación del ánimo, y en determinadas ocasiones puede llegar a conmoverse de una manera completamente absurda y feliz. Por supuesto, ninguna de estas respuestas presupone un significado; el tipo de curiosidad (o de emoción) que despierta una obra de arte es único —si no el arte no sería necesario—, pero posee una naturaleza muy próxima al que despierta la contemplación de las cosas que pasan delante de nuestros ojos sin que nadie haya puesto en ellas una intención y a las cuales no pedimos un significado como sí lo pedimos en cambio a las cosas que decimos con la voluntad de comunicar.  Se tiende, pues, a exigir al arte los atributos de un acto de comunicación en lugar de aceptarlo como las cosas que pasan. Se me objetará, con aparente razón, que detrás de una obra de arte siempre está el sujeto pensante que, en tanto que hace pasar el mundo por su propio filtro, se presenta como responsable de un acto de comunicación, pero no creo que sea así; no creo que el artista se proponga comunicar la realidad sino más bien poner su obra en el lugar de la realidad, incluirla en la categoría de las cosas que pasan y no de las cosas que se dicen. Y aún me atreviría a afirmar que el éxito o el fracaso relativos de esta operación es lo que determina el valor de la obra.

A diferencia de la música —que no puede referirse a una realidad externa más que por convención sentimental— y del arte abstracto, en el caso del arte figurativo y de la poesía esta aspiración se ve en parte frenada por la familiaridad de formas y palabras que encadenan la representación al reconocimiento de un objeto o un concepto preexistentes a la obra; pero lo que en términos generales entendemos por arte desde el posromanticismo se nos aparece en la autonomía del cuadro o del poema. La voluntad de igualar las posibilidades de la poesía a las de la música despliega su máxima fuerza con el simbolismo. “Nombrar un objeto —declara Mallarmé en 1891 en una entrevista que concede a L’écho de Paris— es suprimir las tres cuartas partes del goce del poema, que está hecho de la felicidad de adivinar poco a poco.” Y más adelante añade : “En la poesía siempre tiene que haber enigma, y el propósito de la literatura —no hay otros— es evocar los objetos.” Evocar se opone aquí a comunicar en el sentido que damos generalmente a este término; la literatura no transmite un mensaje: se limita a hacerse presente, como las cosas que pasan.

No toda la poesía se agota en el simbolismo, claro está, pero podríamos decir del simbolismo algo parecido a lo que Harold Bloom dice de Shakespeare, que todo lo que viene antes se encamina hacia él y todo lo que viene después procede de él.

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