Maniobras nacionales

Que a la cultura solo se puede acceder individualmente, lo sabe muy bien todo el que sepa qué es la cultura, pero a fuerza de propaganda se ha logrado convencer de lo contrario. No resulta, pues, nada extraño que cuando alguien ha recordado este principio irrenunciable —un Eugenio d’Ors, un Juan Benet, un George Steiner, un Harold Bloom; de modo muy notorio, Marc Fumaroli; hace pocas semanas, Valentí Puig— muchos se hayan puesto a quejarse; y en los tiempos que corren, con las autoridades civiles y espirituales ya del todo dedicadas a la promoción y ornamentación de los instintos primarios de la tribu, proclamar que la cultura es una actividad necesariamente individual no causa solo exclamaciones de perplejidad; ahora también provoca insultos biliosos y gestos obscenos. La época es ignorante y es agresiva; la cultura, entendida desde Cicerón como el cultivo del alma (cultura animi), no se puede acordar con ella más que vendiéndose el alma.

Un segundo atributo de la cultura consustancial con el de su práctica individual es el de su universalidad. La expresión «cultura nacional» es una contradicción en sus términos, a menos que nos estemos refiriendo a cuestiones antropológicas, sociológicas, ideológicas, folclóricas, zoológicas (desde hace algunas décadas se habla de la cultura de los chimpancés, de los delfines, etc.) o gastronómicas (también se habla de la cultura del aceite, del vino, del queso). En tales casos es perfectamente legítimo hablar de culturas nacionales, regionales, grupales, pero también hablamos con toda legitimidad de los caballitos de mar y no por ello pensamos que nos van a servir para ganar concursos hípicos.

El Romanticismo, que en aspectos fundamentales representa una ruptura con toda la tradición anterior, entrega la cultura a la Nación, y si bien en un principio esta actitud no niega el requisito de universalidad —en el sentido de que se aspira a imponerse a las otras naciones pero en un terreno compartido— acaba llevando forzosamente a un esencialismo folclórico por la necesidad que tienen las políticas populistas inherentes a la idea de nación de unificar la diversidad interna —a veces lo llaman «cohesionar».  El avance de esta tendencia conducirá a las grandes fiestas populares en torno a monumentos patrióticos, demostraciones folclóricas, tablas de gimnasia multitudinarias y enormes concentraciones de masas en los estadios, que tanto contribuirán al éxito popular de los regímenes fascistas y comunistas. El historiador norteamericano de origen alemán George L. Mosse lo estudió con todo detalle en La nacionalización de las masas.

Todo ese despliegue no tardará en convertirse en la Cultura, mientras el cultivo del espíritu, la actividad intelectual, poética, artística, científica, moral, es percibido como poseyendo una doble naturaleza divina y bestial. Como un depredador al que hay que mantener bien alimentado para que no nos devore. Como un dios Moloc a la vez temido y adorado. Temido porque su poder de comprensión constituye una amenaza para la estabilidad de los intereses seculares; adorado para conjurar precisamente esta amenaza.  Para conciliarse la mansedumbre del ídolo nada más razonable que ofrecerle subvenciones, premios, honores y centenarios. Así, entre loores y exequias, se puede llegar a fabricar una sólida cultura nacional con posibilidades de establecerse por su cuenta. No faltarán nunca los resistentes dispuestos a denunciar el fraude, pero comparados con los otros estos siempre serán divinidades menores con escasa capacidad de influencia; de ignorarlos solemnemente no va a derivarse ningún perjuicio.

Ahora bien, todo esto no es suficiente. En el proceso de nacionalización de la cultura es indispensable diseñar y controlar bien la enseñanza para que cumpla la función social de lograr que los niños aborrezcan de manera irreversible los productos que se derivan de ella —especialmente la literatura. Así, con una lista de autores capaces de provocar el tedio de los muertos pero que por su condición de nacionales ocupan el lugar que correspondería a autores universales perfectamente útiles para despertar el interés y aun el entusiasmo, se proporciona a los estudiantes las máximas facilidades para que el día de mañana sigan considerando la cultura como un ritual agotador que —exactamente igual que la visita a la iglesia— es tan conveniente evitar como respetar reverencialmente. En paralelo, con la sacralización del deporte y la promoción de los espectáculos populares, los seriales televisivos y otras cosas de la misma categoría, se conseguirá alejar con eficacia toda tentación de cultivarse individualmente y se fortalecerá  así la fe gregaria.

Una administración que se esfuerza por desposeer a la cultura de sus atributos de individualidad y universalidad es una administración dedicada a procurar la desaparición de la cultura del territorio que controla. El adjetivo nacional colocado a manera de marchamo en los teatros, los museos, las bibliotecas y las orquestas no es sino la culminación ostentosa de ese proyecto.

 

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